viernes, 27 de noviembre de 2009

Corresponsales en Madrid



"Los viajes permiten huir de todo... quizá son la última bienaventuranza que nos queda al alcance de la mano: el último impulso romántico".
En pro de motivarnos y darle un impulso al periodismo local, nos han encargado ser "corresponsales en Madrid". Nos han dividido por distritos y nos han planteado que nos lo tomemos como si el distrito asignado se tratase de un país del que debemos cubrir todo lo que acontezca. Nos han aconsejado que localicemos comisarías, centros de salud, asociaciones de vecinos y otras posibles fuentes, pero que, principalmente, paseemos por nuestro barrio con los ojos muy abiertos.
Igual que al viajar, cuando nos adentremos en nuestro espacio, debemos olvidarnos de ideas preconcebidas y prejuicios, debemos mirar más allá, más allá de todo, y estar abiertos a aquello cuánto acontezca, ser los omnipresentes observadores, palpar, sentir...
Sin embargo, cuando entre los compañeros hablamos, a la emoción del descubrimiento le anteponemos el miedo, la duda  a lo desconocido, la incertidumbre de no saber cómo introducirnos, cómo empezar a informar, cómo oler, ver, saborear, tocar y oír nuestro distrito. Esas son las ideas que estos días vuelan por el máster y, por ello, andamos preguntando a todos los profesores, pidiendo consejos a los periodistas locales y olvidándonos de que en el descubrimiento que se nos presenta existe la posibilidad de aprender, de sacar el viejo impulso de los viajeros románticos.

Mi distrito a cubrir es el Madrid centro, desde Embajadores a Bilbao, desde el Manzanares al Prado. Al lado de postales y suspiros, en mi habitación, he colocado un callejero, he señalado lugares, posibles fuentes, calles... y lo observo mientras me preparo a introducirme, a dejarme seducir.
Pero en la novedad siempre resta algo del ayer, y en el descubrimiento siempre está la base de un pasado, y alejar ideas preconcebidas como nos han aconsejado es más difícil de lo que parece. Así que me detengo y observo la pared de mi habitación y entre postales y mapas, palpa la idea del viaje como huida y en letras enormes, para que no se me olvide, sigue viva aquella frase que cuando la escuche, hace casi dos años, supe que ya nunca me la quitaría de la cabeza, como si se tratase de las cadenas de las que no podemos desprendernos.
Me abro a descubrir, pero gana la desconfianza. El prejuicio de saber que todo nuevo conocimiento y nueva vivencia tiene su precio, precios a menudo demasiado caros, y para los que a veces no nos queda más remedio que declararnos insolventes. Descubrir, como viajar, puede ser muy duro. Y me vuelve a encadenar, a perseguir la frase, el miedo, la vulnerabilidad, el saber que descubrir, que "viajar es el más terrible de todos los pecados".

jueves, 19 de noviembre de 2009

Perfil de Lobo Antunes

     Vanidad, egocentrismo y prepotencia. Podrían ser –quizás– tres lugares comunes en los que habitan escritores, actores, músicos, ¿periodistas?... y, en cierto modo, todas aquellas profesiones donde persona y oficio parten de la misma base, donde la exposición de uno frente a muchos es máxima. Puede que también la inseguridad, la que da la sensación del trabajo nunca perfecto, sea un espacio compartido.
     Lobo Antunes se muestra directo y personal, desinhibido y al mismo tiempo tímido, de vuelta de todo y, en el mismo instante, sorprendido, expectante. El escritor va definiéndose sin adjetivos, con evocaciones, anécdotas y palabras que le retratan. Con silencios y cambios de tercio que dejan patente su capacidad de control, su manejo del entorno.
     Referencias culturales frecuentes, intertextualidad, anhelos… que manifiestan una construida base de conocimiento, un estudio previo y una comparación constante entre lo que hay y lo que hubo, lo que hace él y lo que hacen los demás, lo que imagina y lo que existe.
     Se muestra pasional –con la pasión de Bach– pero con una pasión retenida, que nace de la lógica más que del instinto, como demuestra al hablar del amor y las mujeres, de las arquitecturas complejas del ser humano que evoca en sus libros.
     Inquilino posible de la melancolía como refleja al reconocer que “nunca me siento solo cuando estoy solo”, para recapacitar que la soledad la siente sin embargo cuando está en compañía de la gente inadecuada. 
     Recurrente y obsesivo podrían ser también adjetivos que lo describan, sin dejar de ser tópicos que comparten las personas sensibles, los oficios artísticos, la humanidad cuando, consigo misma, logra analizarse con un poco de indulgencia y compromiso, con lealtad.  

miércoles, 18 de noviembre de 2009

Arcadi Espada: "El periodismo se compra"

“El periodismo se compra”. Así de directo y enigmático nos lanza el periodista Arcadi Espada, actual colaborador del diario El mundo, una primera premisa de su nuevo medio. Un fondo en negro en una página de Internet y una sucesión de ideas: “El periodismo no se vende. El periódico nació de los ciudadanos y ha acabado viviendo del poder. Los hechos se han convertido en opiniones y las opiniones en hechos.” Y continúa. Alusiones poéticas. Aquellas dos Españas que helaban el corazón. 
Y concluye con una pregunta: ¿Estás satisfecho con el periodismo actual? La respuesta se presupone y la enigmática página te dice: “Déjanos tu e-mail y tendrás buenas noticias muy pronto”.
La curiosidad nos puede. Y le dejamos el e-mail.

Arcadi Espada, autor de libros como Periodismo práctico, ha iniciado de este modo el lanzamiento de un nuevo medio digital, que nace con un presupuesto inicial de 250.000 euros, y al que denominará Factual, en un juego de palabras entre ‘facto’ (hecho en latín) y ‘actualidad’.

Las redes sociales, los correos electrónicos e Internet son, a dos semanas de la apertura del medio, el vehículo para publicitarlo.

Pasan un par de días y un mensaje parpadea en tu correo. Es Arcadi. Una propuesta de contrato te invita a poner en práctica que el periodismo se compra. Su nuevo medio incita a los lectores potenciales a suscribirse al medio por un precio de 50 euros al año. Además, quien se suscriba antes de que el medio salga a la luz, está invitado a visitar la redacción durante los primeros 100 días desde su salida.

Entonces, recuerdas cómo se presentaba aquel libro de Periodismo Práctico en la contraportada. Leías: “Arcadi Espada lleva toda una vida preparando este libro, esto es, leyendo diarios a diario. Haciendo periodismo práctico”.

En ese momento y con la oferta del contrato aún parpadeando en tu correo, reflexionas: ¿el periodismo se compra? ¿Se está desvalorando el papel del periodista si no se paga la información que genera? ¿Conseguirá Arcadi que, en medio de esta crisis, futuros lectores paguen 50 euros por un medio que aún no existe?

Sigues haciéndote preguntas: ¿qué papel juega el periodismo en la sociedad? ¿Estaríamos bien comunicados si la información solo fuese generada por ciudadanos en lugar de por profesionales? ¿Tendrá éxito esta premisa de vender el periodismo digital? Y mientras, en mi correo electrónico sigue Arcadi parpadeando.

martes, 17 de noviembre de 2009

Festival EÑE: Mejor leer que ver

“La lectura no soporta la voz imperativa”, apunta Fernando Savater citando a Daniel Pennac. Y luego lo compara con un cocido: "Por obligación puede resultar indigesto; bien asumido, exquisito".
Durante dos días, escritores, profesores, periodistas, filósofos y artistas varios han debatido en el Círculo de Bellas Artes de Madrid sobre diferentes aspectos del mundo literario, en el marco del Festival Eñe.
Savater aconseja desvestir a la lectura de su valor instrumental y obligatorio para entregarla al placer. Y alguien, entonces, le reprocha lo absurdo del planteamiento argumentando que hoy, gracias a esa imposición, se lee más. “Se venden más libros que antes, pero se leen menos. –responde él– En Navidad se regalarán muchos libros… para decorar las estanterías”.
 

Pero del mismo modo que criticó la imposición, alzó la figura del mentor, del guía de lectura, del maestro. Y quienes hemos tenido la fortuna de, en momentos de nuestra vida, tener un “tutor de lecturas”, alguien que, sin imposición, y con sutileza, sepa colocarnos en las manos el libro que necesitamos justo en el momento adecuado, entendemos las palabras de Savater porque asumimos que aquellas "incitaciones" marcaron nuestra pasión literaria.
El escritor intentó contagiar entre los presentes el placer de leer, aunque reconociendo que son muchas las competencias a las que hoy se enfrenta la literatura, y continuando con referencias, citó a David Olson: “El habla nos hace humanos; la lectura, civilizados”.

Pero no fue la lectura el único tema que se debatió durante el festival. Muchos escritores quisieron quemarse en su propia hoguera de las vanidades y explicar en qué consiste la labor de creación de sus obras. Pero si no hay delicia comparable a leer un buen libro, no hay modo peor de alejar a los lectores que darles a conocer de primera mano a los escritores que habitan tras los libros. No ocurre siempre, pero a menudo tras un excelente escritor se esconde un mal orador. Considero que mejor le iría a la literatura si de sus autores sólo supiésemos el nombre, o a lo más, el mito, una maraña de anécdotas de las cuales no se sepan qué hay de real y qué de falso. Pongo un ejemplo (totalmente subjetivo), por muy buena literatura o periodismo que haga, me extraña que alguien sea capaz de leer agradablemente a Javier Marías si lo ha escuchado dar una conferencia. 

La lectura y el oficio de escritor desembocaron en temas más abstractos, en esas materias primas de las que se componen vida y literatura: de memoria y necesario olvido, de dolor y amor contrapuestos. De la verdad “que es una casualidad, que podría ser como podría no ser”, en palabras del poeta Antonio Gamoneda. Las palabras y el alma: se perdona o se maldice. Y alguien continuó hablando. El tiempo: “el presente es la premonición del pasado; el futuro, literatura”, recitó el fotógrafo Alberto García Alix en una magnifica mezcolanza de poesía, fotografía y erotismo.
La escritura como escape o como salvación. “Las palabras se quiebran cuando el lector las comprende", anotó Guillermo Fadaneli analizando la literatura como autodestrucción. ¿Es necesario que el lector comprenda el significado que el autor quiso expresar? ¿O es preferible que haga su propia lectura? Que empatice, que se emocione…


En otro tono, Soledad Puértolas añadió: “Mi oficio es contar historias. No tiene que ver con la cultura, sino con la fantasía”, y relacionó sus inicios con la enfermedad. “Estar enferma durante una gran parte de mi infancia, me regaló la literatura, pero me arrebató la confianza.”. Otro tema: Escritura y vulnerabilidad. Y el Festival Eñe concluye dejando las puertas abiertas.

lunes, 16 de noviembre de 2009

Piedras ¿vivas?



Una luz parpadea. Así estará durante los 50 minutos que dura la misa. Feligreses van entrando lentamente: son unas ochenta personas, predominan las mujeres, tan sólo hay una veintena de hombres. Excepto contadas excepciones, todos superan la edad de jubilación.   
Entre esas excepciones, una niña de unos siete años mira distraída una columna. Un par de críos desde un carrito ponen banda sonora al acto en forma de gritos.
Es un domingo frío del mes de noviembre. La Iglesia María Auxiliadora, en las inmediaciones de la estación de Atocha. El espacio es amplio. La mayoría de los feligreses se sientan con, al menos, un banco libre de separación entre unos y otros.
Son las once de la mañana. Con exquisita puntualidad, la música ambiental anuncia la entrada del párroco, Manuel Aparicio. En vísperas de la Almudena, la celebración está dedicada a la Basílica de Letrán, catedral romana que, erigida en el año 313, goza el privilegio de ser la primera iglesia del mundo.

La música del órgano, presionado desde la retaguardia por otro cura, da cierta solemnidad. Un parroquiano inicia la primera lectura: La profecía de Ezequiel 47. El templo visto como manantial. Le siguen el Salmo 45 y una de las Cartas de San Pablo a los Corintios. El tema en todos los casos es el del espacio: La Iglesia como edificio de Dios.
Edificios fríos parecen los cuerpos inmóviles de una audiencia aparentemente poco implicada. Continúa la misa con un pasaje clásico: el Evangelio de San Juan en el que se relata el momento en que Jesús echa a los vendedores del templo. «No convirtáis en un mercado la casa de mi padre», grita. Después añade otra frase emblemática: «Destruir este templo, y en tres días lo levantaré». Habla metafóricamente como el templo de su cuerpo. Metáforas no siempre bien entendidas. El llanto agudo de un bebe interrumpe las lecturas.


El sentido de la Iglesia
Terminadas éstas, el sermón del párroco se centra en la figura de la Iglesia. «Somos una comunidad mucho más amplia», dice. No se sabe en referencia a qué. Su tono es calmado, hace uso de la persuasión. Habla de una comunidad «formada por personas».
Se acompaña de un movimiento enfático de manos.
Intenta reflexionar sobre «el verdadero sentido que para nosotros tiene la Iglesia» e invita a la comunidad que lo escucha a sentirse como « piedras vivas de la única Iglesia de Cristo». Alude entonces a los aspectos físicos de las personas y expresa la necesidad de cuidar el cuerpo «dado que en él habita el espíritu».
Tras el sermón, las peticiones son básicamente eclesiásticas: por la Iglesia, por el Obispo de Roma, por los que no conocen a Jesús...
Llegado el momento de la limosna, tres mujeres pasan la cesta. El cura canta. Nadie lo acompaña con su voz. Luego invita a dar la paz. Apenas hay intercambio de besos, la lejanía entre los feligreses es físicamente tangible. Se bendicen el pan y el vino. Algo más de la mitad del aforo se acerca a comulgar.
No se cruzan miradas. Nadie deja su abrigo, tampoco la seriedad de sus rostros. Tras un «podéis ir en paz», la gente se marcha apresurada. Tan sólo unos pocos esperan a que acaben los cantos para salir.Cierta sensación de inercia. El cura desaparece de escena. En la puerta de la iglesia, venden lotería de Navidad.

domingo, 15 de noviembre de 2009

sábado, 14 de noviembre de 2009

Mis objetos (Retratos)

Podría decir que los objetos no importan, que no son más que el reflejo de nuestra sociedad materialista. Pero no estaría siendo del todo sincera. Nos han pedido que fotografiemos 30 objetos que vayan a acompañarnos, que nos estén ya acompañando, durante nuestro recorrido en el máster. Materialidad en la que vernos reflejados, en la que vislumbrar rasgos de cómo somos. ¿Son nuestros objetos capaces de describirnos?

A continuación añado mis treinta fotos. Son numerosos los objetos que nos resguardan a lo largo de nuestra cotidianidad. Algunos, simplemente, son eso: objetos. Otros añaden otra dimensión al ser sujetos receptores de lo que hemos denominado un “valor sentimental”. Un término que difiere de utilidad y lógica y que sólo se adhiere a criterios emocionales. Mi lista contiene objetos de diversos valores.
Hay objetos que no tienen más valor que el de la utilidad –y a ello va unida cierta dependencia– y el de la obligación impuesta por nuestra sociedad. Es el ordenador en el que escribo ahora mismo, la cartera, el abono del metro, el móvil, la grabadora, la cámara de fotos
Hay objetos que son reflejos de lo cotidiano: el arbornoz, la cafetera, el abrigo
Aunque sin dejar de ser muestra de una costumbre también implican valores. Pongo un ejemplo: la cafetera –cotidiana– da muestra de un hábito, pero además, la caja de metal donde guardar el café, traspasa la utilidad (mantener el café en condiciones óptmas) para convertirse en un objeto que siempre me acompaña.
Un valor simbólico tienen los objetos y las fotografías que elegimos para decorar nuestro espacio. Considero que las paredes de nuestro día a día son un reflejo importante de cómo somos y a qué aspiramos. Mis paredes, llenas de fotos de mi familia, de mis animales, de mis amigos… decoradas con frases, con retales de palabras… con postales de los lugares soñados, con historias… con recuerdos… muestran una elección constante que me retrata.
Los libros, los cuadernos, mis libretas, los bolígrafos… dejan al descubierto una pasión, una obsesión, una parte muy importante de mi personalidad. 
Y hay objetos que, al margen de son útiles o son innecesarios –de todo hay– tienen un valor para nosotros que traspasa lo físico y que son cómplices de nuestra fibra sensible. Algunos pañuelos y bufandas, un recetario de cocina, un reloj despertador, una toca, la radio
Es imposible que la misma lectura de estas fotos haga quien te conoce a quien no es más que un compañero puntual en tu recorrido vital, y, aún así, queda patente que tus objetos, más que ser muestra de una desprestigiada materialidad, son el reflejo de tu esencia.    















viernes, 13 de noviembre de 2009

Acostumbrándome a Madrid

“Como relucen”, pensé. Realmente brillaban con una llamativa diferencia respecto a los que había a su alrededor, todos sucios y viejos. Los miré detenidamente hasta que la palabra “Suanzes”, entonada por la megafonía del metro, me hicieron apartar con un sobresalto mi mirada de los zapatos de aquel viajero. Al subir las escaleras, pensé que hacía dos días había estado en la playa, y en un intento desesperado de recuperar ese calor, apreté la solapa de la chaqueta contra mi pecho y me recoloqué el pañuelo. Caminé deprisa, un día más había sido en vano el intento de llegar antes de que el reloj marcara las diez. Aún no habían transcurrido los suficientes días como para que la cotidianidad necesaria abarcará el espacio. Así que volví a dudar antes de decidir cual era la calle correcta.
     Llevaba menos de dos semanas acudiendo al ABC, todo aún era demasiado novedoso. Me acordé de aquellas palabras que insistían en la necesidad de ver todo con los ojos de un niño, con su ingenuidad y su capacidad de asombro. Pero no recordé dónde las leí, o dónde las escuché. Quizás en alguna canción de esas que me gustan a mí, “más habladas que cantadas”, como me decía el otro día un compañero. Entre en el aula y saludé rápidamente, sin palabras, con una cómplice mirada, a mis dos compañeras de fila. Afortunadamente, la sequedad que a veces me achacaban, –“no pareces andaluza”, me han llegado a reprochar–, no se había manifestado y, en muy pocos días, había encajado muy bien días con esas dos chicas.
     El profesor ya había empezado su clase. Mi escasa capacidad de concentración empezó a hacer de las suyas y mis manos a adueñarse de las teclas del ordenador. Mientras, mis pensamientos efímeros, ajenos a la explicación, vagaban a su aire. El profesor contó algo de Afganistán. No logro recordar el qué. También sé que alguien habló. No sé quién fue ni qué dijo, sólo sé que ocurrió. Lo sé porque, en ese momento, pensé, y decidí, que ya iba siendo hora de aprenderme los nombres de mis compañeros.
     No pasó demasiado tiempo –o al menos esa fue la sensación– cuando entró el secretario del máster a avisar del final de la clase. Me prometí estar más concentrada en la próxima. No estoy segura de si lo conseguí. Como todos, tenía la cabeza más puesta en la primera práctica, que ya nos la habían mandado, que en el transcurso de las clases.
     Además, la odisea de buscar piso en esta ciudad que, antes de darle ninguna oportunidad, ya empezaba a odiar, era otro de los pensamientos que dificultaban mi concentración. Aún estaba impresionada con el piso que había visto el día anterior. El techo de la habitación chocaba contra mi cabeza. “Es que son techos bajos, de 1,70” me dijo la casera, sintiéndose ofendida por mi protesta. “Pues menos mal que no uso tacones”, le contesté.
     El hecho de trasladarnos en las siguientes dos clases a la mesa de trabajo facilitó que no me perdiera entre mis pensamientos y mis páginas web. El profesor explicó las diferencias entre Derecho de la Información y Derecho a la Intimidad y caí en la cuenta de que, pese a lo que hubiese podido creer, sí que me había servido la carrera. Las explicaciones me resultaron familiares, conocimientos que en algún momento había adquirido y que, pese a creer que habían desaparecido, esperaban en algún cajón de mi memoria aguardando la hora exacta de reaparecer.
     Alguien, no recuerdo quién, interrumpió mis pensamientos con el comentario de que olía a comida. Intenté hacer un esfuerzo pero, como siempre, no conseguí diferenciar olores. Menos mal que con otros sentidos soy más hábil. Sin embargo, mi estómago sí debió percibir el olor y mis tripas, instintivamente, sonaron pidiendo alimento. Afortunadamente nos habían dado la tarde libre, lo que significaba que podría aprovechar el tiempo libre para continuar buscando piso. Lo malo es que el momento de comer acabaría posponiéndolo hasta llegar a casa de mi hermano, donde andaba instalada por entonces.
     Sólo hubo una clase más antes de marcharnos. Exceso de metafísica. Vocabulario hermético. Habla de retórica y omite la primera regla: “adaptarse a su público”. Me gusta la filosofía, no su forma de enseñarla. Me quiero marchar, tengo hambre… Esos son los pensamientos que deambulaban por mi cabeza.
     La clase terminó, frente a todo pronóstico, cinco minutos antes de la hora anunciada. Deje las gafas en su estuche, recoloqué la maraña de papeles, lápices, pañuelos de papel y demás objetos que había ido desperdigando por la mesa a lo largo del día, me puse la chaqueta y volví al metro.
     Caminé  deprisa. Sabía que me costaría acostumbrarme a tener que coger el metro en lugar de mi bici, a saber que no me esperaba Benjí (mi perro) en casa, y al tener que invertir dos horas diarias en trayectos. El frío de la calle me volvió a evocar el fin de semana en la playa. El mar, mi mar, era lo que más iba a añorar. Cogí mi libreta y apunté varias veces la palabra paciencia, seguida de un par de reflexiones abstractas, en un intento, un tanto desesperado, de acostumbrarme a Madrid. “Eres una prejuiciosa con esta ciudad”, me había dicho hacía un par de días una amiga. Quizás era cierto.
     Entré  en un vagón. Dudé si buscar piso directamente o acercarme primero a casa de mi hermano. Volví a escuchar rugir a mi estómago. Y me sorprendí a mi misma intentando encontrar, entre los zapatos de los viajeros, algún par que brillara tanto como los del hombre de esta mañana.   

jueves, 12 de noviembre de 2009

miércoles, 11 de noviembre de 2009

Bitacoras

“A la hora de comunicarnos son muy necesarias las herramientas que nos ofrece Internet”, anota durante su discurso David Alayón, uno de los promotores de bitacoras.com.

Red: Conjunto de elementos organizados para determinado fin.

Social: Perteneciente o relativo a la sociedad.

Bloggers

Español: Natural de España.

Tiempo: Duración de las cosas sujetas a mudanza.

Real: Regio, grandioso, suntuoso.

Promoción: Conjunto de los individuos que al mismo tiempo han obtenido un grado o empleo, principalmente en los cuerpos de escala cerrada.

Conocimiento: Entendimiento, inteligencia, razón natural.

Actualidad: Tiempo presente.

Geoposicionamiento

Canales: Cauce artificial por donde se conduce el agua para darle salida o para otros usos.

Temáticos: Que se arregla, ejecuta o dispone según el tema o asunto de cualquier materia.

Hemeroteca: Biblioteca en que principalmente se guardan y sirven al público diarios y otras publicaciones periódicas.

Buscador: Que busca.

Ranking: Clasificación de mayor a menor, útil para establecer criterios de valoración.

Comunidad: Conjunto de las personas de un pueblo, región o nación.


La palabra es la primera herramienta que se utiliza, que se usó en los medios tradicionales y que, del mismo modo, y a pesar de ser acompañada por otros lenguajes, se utiliza en los formatos multimedia. Bitacoras nace de este lenguaje, de la necesidad individual que tiene el emisor de reunir palabras en un blog y de la implicación colectiva de juntar esos blog y compartirlos.

Pero me han llamado la atención las palabras, que como primera impresión, se utilizan para definir qué es Bitacoras. Los términos lanzados, al modo de imágenes, de impactos visuales, son las definidas a inicio de página. Las definiciones, quizás engañosas, son las que ofrece la RAE.


Elementos organizados en referencia a colectivos sociales. Contemporáneo y temporal, en español. Habitando en el conocimiento –y el entendimiento– a fin de promover, de cooperar, de publicitar, de ser referente y lugar común, coincidencia vital. Memoria compartida.


Y sin embargo, en esa misma misión de unir comunidades anota David: “Sólo puedo echar de menos el café compartido con los compañeros”. La bebida tomada tan sólo en un mano a mano con el ordenador es el reflejo de la contemporaneidad. Y evocaría a la tópica ‘Aldea Global’ de McLuhan si no fuera porque es ya demasiado tópica y porque sería engañosa.


295.000 usuarios registrados, 390.000 blog indexados. La cifra es más real que las referencias apocalípticas de la globalización. Casi 300 mil usuarios y detrás de cada uno, una historia. La comunicación es llegar más allá de lo tangible. No vamos a echar piedras contra nuestros propios tejados. Este tipo de plataformas abre puertas. Y comunicarse es traspasar utopías.

martes, 10 de noviembre de 2009

Enterrando a la memoria


Un dos de noviembre cualquiera, como el de hace unos días. Los cementerios, llenos. Los muertos buscando mantenerse en el recuerdo de los vivos. ¿O somos los vivos los que necesitamos tener presente la memoria de nuestros muertos?
En ABC llevamos dos jornadas sacando en portada a la muerte. En menos de tres días nos han dejado tres, en sus respectivos campos, referentes: José Luís López Vázquez en la interpretación, Francisco Ayala en la literatura y Claude Lévi-Strauss en la antropología.
Ante la muerte, nuestra sociedad lucha empuñando como arma la memoria. Algo que no fue siempre así. En el Medievo, en la muerte, que era vista como un acto natural, el moribundo era acompañado de familiares en su último trance. Sabía que iba a morir y esperaba el momento con serenidad. Es lo que el historiador Philippe Ariès llamó la “muerte domesticada”, una muerte aceptada.
Con la llegada del cristianismo, la muerte fue vinculándose a ideas de juicio final, de sufrimiento y de memoria. El periodista Indro Montanelli solía repetir: “Yo no tengo miedo de la muerte, tengo miedo de morir”. A la mayoría de las personas nos da miedo sufrir, sin reconocer que vivir también implica eso. La actriz Carmen Sevilla reflexionaba ayer, en estas páginas, sobre la muerte de José Luis López Vázquez. Contaba que la última vez que lo telefoneó, le dijo que se encontraba mejor. “Me lo creí, pese a saber que su estado de salud era cada vez más delicado. Supongo que quiso ayudarme a pasar el mal trago”, escribió Carmen Sevilla.
En los tiempos que corren, vivir está convirtiéndose en una tarea ardua. Quizás por ello, cuando tres referentes se mueren, algo de nuestra dignidad se va también con ellos. Y en consecuencia, aún más necesitamos acogernos a la memoria. Pero para poder morir con la dignidad que ellos lo han hecho, es necesario vivir también con ella. Puede que esa sea la respuesta a la pregunta inicial. Refugiándonos en la memoria, llenando de flores el cementerio, reconocemos que tememos vivir sin dignidad, sufrir. Por eso los muertos no nos necesitan, sino que somos nosotros los que los necesitamos a ellos.

lunes, 9 de noviembre de 2009

viernes, 6 de noviembre de 2009

Escuchar, mirar y aprender

“Me pasaba los días escuchando, mirando y aprendiendo”




A la pregunta de cómo recordaba sus inicios en la profesión, esa fue la respuesta que la reportera Rosa María Calaf contestó. Ocurrió durante una entrevista realizada con motivo de la entrega de un galardón por su trayectoria profesional. Un referente de reporterismo.

jueves, 5 de noviembre de 2009

“El periodismo, el oficio, no está en crisis; en crisis está la empresa periodística”




“Ante la duda, haz periodismo”, aconsejaba ayer, en la sede de ABC, la presidenta de la Federación de Asociaciones de Periodistas de España (FAPE), Magis Iglesias. La periodista recalcó que, aunque la profesión está adaptándose tecnológicamente, su esencia sigue siendo la misma: “preguntar y preguntar, y recordar que el periodismo es compromiso”.

En la misma línea, diversos profesionales del mundo de la comunicación debatieron, durante la última edición, celebrada en Perugia (Italia), del Festival Internacional de Periodismo, el papel del comunicador. Han evolucionado las herramientas que el periodista debe manejar, pero el trabajo sigue siendo el mismo. Así lo reconocía el periodista Seymour Hersh. El reportero de The New Yorker, que bromeó con que “quizás debería comenzar a escribir un blog y dejar el periódico”, recalcó “la necesidad de precaución, el periodista debe desconfiar de partida”. Del mismo modo, Sergio Romano, periodista del Corriere della Sera, también recordó que “los parámetros del periodismo no están pasados de moda: verificar los hechos, escribir con medida…”, y matizó que: “El periodismo, el oficio, no está en crisis; en crisis está la empresa periodística”.

martes, 3 de noviembre de 2009

Sándor Márai


"El periodismo me atraía, pero creo que no habría sido útil en ninguna redacción. Imaginaba que el periodismo consistía en andar por el mundo y observar ciertas cosas, todas irrelevantes, caóticas y sin sentido alguno, como las noticias, como la vida misma... Y ese trabajo me atraía y me interesaba. Tenía la sensación de que el mundo entero estaba siempre lleno de «acontecimientos de actualidad» y de «hechos sensacionales». Entrar en una habitación donde nunca había estado resultaba para mí tan emocionante, por lo menos, como ir a ver el levantamiento de un cadáver, buscar a sus parientes y hablar con el asesino. El periodismo significaba para mí —desde el principio, desde el momento en que despertó mi interés— estar a la par del tiempo en que vivía, un tiempo que siempre me parecía una experiencia personal, algo que me resultaba imposible eludir, algo importante, interesante; cualquier cosa se me antojaba «digna de ser publicada»... Estaba tan emocionado como si yo solo hubiese tenido que informar de todo lo que ocurría en el mundo: las declaraciones de los ministros, los escondrijos de los criminales y también lo que pensaba mi vecino al sentarse a solas en su habitación alquilada... Todo aquello tenía un interés «apremiante»: a veces me despertaba por la noche y bajaba a la calle, como un reportero extasiado que teme «perderse» algo. Sí, el periodismo era para mí una obligación, una tarea profundamente arraigada en el centro más recóndito de mi ser que no podía ignorar, que me obligaba a conocer mi «materia prima», los hechos, esa sustancia secreta que establece lazos entre las personas y une a la gente, las conexiones entre los fenómenos."

Confesiones de un burgues, Sándor Márai