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miércoles, 23 de diciembre de 2009

En el amor y en la guerra, todo vale


“Yo solo entiendo de ovejas y de mujeres”, solía repetir Antonio Burguillo, que se había ganado la vida como pastor desde que se quedase huérfano de padre con trece años. Ya antes, con sólo tres años, había perdido a su madre, quedándose huérfanos de madre él, su hermano y sus dos hermanas. Antonio vivía feliz en un Urraca Miguel, un pueblo de Ávila, alejado del clima político que inundaba la España del 36, cuando el bando franquista lo reclutó para la guerra civil española.
Antonio acababa de cumplir 18 años y dejaba en el pueblo a su novia de toda la vida, que, además, era su prima. Un año y medio en el frente y el mismo periodo en retaguardia como cocinero. Cuando acabó la guerra y volvió a su pueblo, apenas quería recordar nada, tan sólo a su amigo José, compañero de penurias durante aquellos tres años de contienda. José era un hombre de Huelva, un panadero que, antes de despedirse le dejo unas señas y le dijo que si alguna vez necesitaba algo, en Huelva tendría una casa y una familia.
A Antonio le esperaban en su pueblo su novia y su mejor amigo, Manuel, al cual le relató con detalle todas sus peripecias, especialmente aquellas vividas junto a José. No pasaron muchos meses cuando Antonio recibió una carta desde Huelva. La firmaba José y le proponía que se marchara a la ciudad andaluza, donde tenía para él un buen trabajo. Antonio lo pensó mucho y, finalmente, en tiempos grises de posguerra, decidió dejar a su familia y a su novia y marcharse en busca de una vida mejor.
Con ayuda de sus hermanos logró reunir el dinero necesario para hacer el viaje a Huelva. Su novia le dio tocino y chorizo para el viaje y, entre lágrimas, se despidió de él. Se juraron amor y prometieron esperarse. Siete días, en tren, en burro y a pie, necesitó Antonio para llegar a Huelva, donde, carta en mano, y con el nombre de “Panadería Rechina”, se fue en busca de su amigo.
Cuando los dos amigos se vieron, se alegraron y se dieron un abrazo, pero cuando Antonio le enseñó a José la carta, su amigo le contó que él no había enviado ninguna carta. Nadie le esperaba en Huelva. A pesar de ello, José le ofreció un trabajo en la panadería, más que nada sabiendo que su amigo no tenía dinero para volverse a Ávila. Y así, Antonio empezó una nueva vida. 
Por la mañana, repartía el pan de la panadería de su amigo, y por la tarde trabajaba en el campo. Mientras, soñaba con el día en que volvería a casa y escribía diariamente cartas a su novia, misivas de las que nunca recibió respuesta. El tiempo fue pasando y Antonio, ante la ausencia de respuesta de su novia, se abrió al mundo. Y así conoció a Gertrudis, la criada de una de las casas en las que repartía el pan, y de la que se enamoró inmediatamente.
La pareja se casó y tuvo hijos. Y la vida continúo. Pasaron ocho años hasta que Antonio pudo volver a su pueblo natal. Con él se llevó a su mujer y a los tres hijos mayores. Aún no habían nacido los pequeños. Quería que sus hermanos conocieran a su familia, y necesitaba preguntarle a la que fuese su novia, sin rencores ya, por qué nunca respondió a sus cartas, por qué no volvió a saber de ella.
Cual fue su sorpresa al llegar al pueblo y descubrir que aquella novia se había casado con Manuel, el que fuese su mejor amigo. Le hizo la pregunta tanto tiempo planeada y así se enteró de que su novia nunca recibió carta alguna. En busca de respuestas, fue en busca del cartero del pueblo, y éste, le contó la verdad. Su amigo Manuel siempre estuvo enamorado de la novia de su amigo, por eso no sólo convenció al cartero para interceptar las cartas que él envió desde Huelva, sino que, además, fue él quien le envío a Antonio la carta supuestamente escrita por su amigo de Huelva, una mentira que conseguiría, como así fue, alejar a Antonio de su pueblo, y, en consecuencia, dejar el camino libre para que él conquistase a la mujer de la que estaba enamorado.

martes, 8 de diciembre de 2009

Descripción

En el techo, destartalada, una luz artificial y amarilla constantemente encendida. Sobre el suelo, de un parqué que nunca está limpio, pañuelos de papel, unas babuchas y una papelera naranja, del mismo color que las paredes. Entre el techo y el suelo, la vida, o eso espera.

En una esquina, un armario blanco decorado con un mapa del mundo, los lugares a los que nunca viajará. Una hoja de calendario llena de anotaciones, de citas impuestas. El cartel que anuncia un espectáculo de baile: promesas, anhelos.

El armario no cierra, está repleto de ropa descolorida, de zapatos con las suelas despegadas. Se entreven accesorios inútiles y cuadernos amontonados. Sobre el armario, una montaña de libros en los que buscar otras vidas, donde olvidarse de la propia. Se hayan también sobre él, la esterilla de un gimnasio al que nunca fue, el casco de una bici que nunca monta, un montón de CD´s repetidos, los mismos que suenan, en ese momento, por el ordenador, situado en la mesa.

La mesa está pegada a la otra pared, es de madera y, sobre ella, se desperdigan bolígrafos sin tinta, rotuladores y pastillas para el dolor de cabeza. Un ordenador que le cuesta encenderse y un teclado que tiene vida propia. Manchas verdes en la mesa indican un pasado desconocido.

Un sillón de cuero negro protesta por no encontrar su sitio, la habitación es minúscula y no puede ejercer su función de asiento delante de la mesa. Así que se conforma con ejercer de cómoda y, obstruyendo el paso, detrás de la puerta, servir de soporte de mochilas, bolsos y ropa amontonada.

La cama no es individual pero tampoco de matrimonio, tiene esa medida absurda que no es ni lo uno ni lo otro, como no podía ser de otro modo. Una colcha a cuadros, retazos del pasado que quedó atrás, y un par de cojines hambrientos.

Nada es lo que parece y la rejilla de un verdulero hace las funciones de una mesilla de noche. Más libros, más cuadernos, más pañuelos, más desorden. Un reloj que suene a las ocho y le saque de las pesadillas. Una lámpara negra. Unas gafas. Objetos varios, objetos inútiles.

Una ventana que no ejerce de ventana, un muro que se alza acabando con la útima esperanza de que entre algo de luz y demasiadas imágenes decorando las paredes. Fotografías y cuentos. Poesías que dejaron de tener el significado primario. Y la habitación descrita, lugar de encierro, es, al mismo tiempo, la mayor cárcel y la más efectiva liberación.

domingo, 15 de noviembre de 2009

sábado, 14 de noviembre de 2009

Mis objetos (Retratos)

Podría decir que los objetos no importan, que no son más que el reflejo de nuestra sociedad materialista. Pero no estaría siendo del todo sincera. Nos han pedido que fotografiemos 30 objetos que vayan a acompañarnos, que nos estén ya acompañando, durante nuestro recorrido en el máster. Materialidad en la que vernos reflejados, en la que vislumbrar rasgos de cómo somos. ¿Son nuestros objetos capaces de describirnos?

A continuación añado mis treinta fotos. Son numerosos los objetos que nos resguardan a lo largo de nuestra cotidianidad. Algunos, simplemente, son eso: objetos. Otros añaden otra dimensión al ser sujetos receptores de lo que hemos denominado un “valor sentimental”. Un término que difiere de utilidad y lógica y que sólo se adhiere a criterios emocionales. Mi lista contiene objetos de diversos valores.
Hay objetos que no tienen más valor que el de la utilidad –y a ello va unida cierta dependencia– y el de la obligación impuesta por nuestra sociedad. Es el ordenador en el que escribo ahora mismo, la cartera, el abono del metro, el móvil, la grabadora, la cámara de fotos
Hay objetos que son reflejos de lo cotidiano: el arbornoz, la cafetera, el abrigo
Aunque sin dejar de ser muestra de una costumbre también implican valores. Pongo un ejemplo: la cafetera –cotidiana– da muestra de un hábito, pero además, la caja de metal donde guardar el café, traspasa la utilidad (mantener el café en condiciones óptmas) para convertirse en un objeto que siempre me acompaña.
Un valor simbólico tienen los objetos y las fotografías que elegimos para decorar nuestro espacio. Considero que las paredes de nuestro día a día son un reflejo importante de cómo somos y a qué aspiramos. Mis paredes, llenas de fotos de mi familia, de mis animales, de mis amigos… decoradas con frases, con retales de palabras… con postales de los lugares soñados, con historias… con recuerdos… muestran una elección constante que me retrata.
Los libros, los cuadernos, mis libretas, los bolígrafos… dejan al descubierto una pasión, una obsesión, una parte muy importante de mi personalidad. 
Y hay objetos que, al margen de son útiles o son innecesarios –de todo hay– tienen un valor para nosotros que traspasa lo físico y que son cómplices de nuestra fibra sensible. Algunos pañuelos y bufandas, un recetario de cocina, un reloj despertador, una toca, la radio
Es imposible que la misma lectura de estas fotos haga quien te conoce a quien no es más que un compañero puntual en tu recorrido vital, y, aún así, queda patente que tus objetos, más que ser muestra de una desprestigiada materialidad, son el reflejo de tu esencia.    















viernes, 13 de noviembre de 2009

Acostumbrándome a Madrid

“Como relucen”, pensé. Realmente brillaban con una llamativa diferencia respecto a los que había a su alrededor, todos sucios y viejos. Los miré detenidamente hasta que la palabra “Suanzes”, entonada por la megafonía del metro, me hicieron apartar con un sobresalto mi mirada de los zapatos de aquel viajero. Al subir las escaleras, pensé que hacía dos días había estado en la playa, y en un intento desesperado de recuperar ese calor, apreté la solapa de la chaqueta contra mi pecho y me recoloqué el pañuelo. Caminé deprisa, un día más había sido en vano el intento de llegar antes de que el reloj marcara las diez. Aún no habían transcurrido los suficientes días como para que la cotidianidad necesaria abarcará el espacio. Así que volví a dudar antes de decidir cual era la calle correcta.
     Llevaba menos de dos semanas acudiendo al ABC, todo aún era demasiado novedoso. Me acordé de aquellas palabras que insistían en la necesidad de ver todo con los ojos de un niño, con su ingenuidad y su capacidad de asombro. Pero no recordé dónde las leí, o dónde las escuché. Quizás en alguna canción de esas que me gustan a mí, “más habladas que cantadas”, como me decía el otro día un compañero. Entre en el aula y saludé rápidamente, sin palabras, con una cómplice mirada, a mis dos compañeras de fila. Afortunadamente, la sequedad que a veces me achacaban, –“no pareces andaluza”, me han llegado a reprochar–, no se había manifestado y, en muy pocos días, había encajado muy bien días con esas dos chicas.
     El profesor ya había empezado su clase. Mi escasa capacidad de concentración empezó a hacer de las suyas y mis manos a adueñarse de las teclas del ordenador. Mientras, mis pensamientos efímeros, ajenos a la explicación, vagaban a su aire. El profesor contó algo de Afganistán. No logro recordar el qué. También sé que alguien habló. No sé quién fue ni qué dijo, sólo sé que ocurrió. Lo sé porque, en ese momento, pensé, y decidí, que ya iba siendo hora de aprenderme los nombres de mis compañeros.
     No pasó demasiado tiempo –o al menos esa fue la sensación– cuando entró el secretario del máster a avisar del final de la clase. Me prometí estar más concentrada en la próxima. No estoy segura de si lo conseguí. Como todos, tenía la cabeza más puesta en la primera práctica, que ya nos la habían mandado, que en el transcurso de las clases.
     Además, la odisea de buscar piso en esta ciudad que, antes de darle ninguna oportunidad, ya empezaba a odiar, era otro de los pensamientos que dificultaban mi concentración. Aún estaba impresionada con el piso que había visto el día anterior. El techo de la habitación chocaba contra mi cabeza. “Es que son techos bajos, de 1,70” me dijo la casera, sintiéndose ofendida por mi protesta. “Pues menos mal que no uso tacones”, le contesté.
     El hecho de trasladarnos en las siguientes dos clases a la mesa de trabajo facilitó que no me perdiera entre mis pensamientos y mis páginas web. El profesor explicó las diferencias entre Derecho de la Información y Derecho a la Intimidad y caí en la cuenta de que, pese a lo que hubiese podido creer, sí que me había servido la carrera. Las explicaciones me resultaron familiares, conocimientos que en algún momento había adquirido y que, pese a creer que habían desaparecido, esperaban en algún cajón de mi memoria aguardando la hora exacta de reaparecer.
     Alguien, no recuerdo quién, interrumpió mis pensamientos con el comentario de que olía a comida. Intenté hacer un esfuerzo pero, como siempre, no conseguí diferenciar olores. Menos mal que con otros sentidos soy más hábil. Sin embargo, mi estómago sí debió percibir el olor y mis tripas, instintivamente, sonaron pidiendo alimento. Afortunadamente nos habían dado la tarde libre, lo que significaba que podría aprovechar el tiempo libre para continuar buscando piso. Lo malo es que el momento de comer acabaría posponiéndolo hasta llegar a casa de mi hermano, donde andaba instalada por entonces.
     Sólo hubo una clase más antes de marcharnos. Exceso de metafísica. Vocabulario hermético. Habla de retórica y omite la primera regla: “adaptarse a su público”. Me gusta la filosofía, no su forma de enseñarla. Me quiero marchar, tengo hambre… Esos son los pensamientos que deambulaban por mi cabeza.
     La clase terminó, frente a todo pronóstico, cinco minutos antes de la hora anunciada. Deje las gafas en su estuche, recoloqué la maraña de papeles, lápices, pañuelos de papel y demás objetos que había ido desperdigando por la mesa a lo largo del día, me puse la chaqueta y volví al metro.
     Caminé  deprisa. Sabía que me costaría acostumbrarme a tener que coger el metro en lugar de mi bici, a saber que no me esperaba Benjí (mi perro) en casa, y al tener que invertir dos horas diarias en trayectos. El frío de la calle me volvió a evocar el fin de semana en la playa. El mar, mi mar, era lo que más iba a añorar. Cogí mi libreta y apunté varias veces la palabra paciencia, seguida de un par de reflexiones abstractas, en un intento, un tanto desesperado, de acostumbrarme a Madrid. “Eres una prejuiciosa con esta ciudad”, me había dicho hacía un par de días una amiga. Quizás era cierto.
     Entré  en un vagón. Dudé si buscar piso directamente o acercarme primero a casa de mi hermano. Volví a escuchar rugir a mi estómago. Y me sorprendí a mi misma intentando encontrar, entre los zapatos de los viajeros, algún par que brillara tanto como los del hombre de esta mañana.