jueves, 19 de noviembre de 2009

Perfil de Lobo Antunes

     Vanidad, egocentrismo y prepotencia. Podrían ser –quizás– tres lugares comunes en los que habitan escritores, actores, músicos, ¿periodistas?... y, en cierto modo, todas aquellas profesiones donde persona y oficio parten de la misma base, donde la exposición de uno frente a muchos es máxima. Puede que también la inseguridad, la que da la sensación del trabajo nunca perfecto, sea un espacio compartido.
     Lobo Antunes se muestra directo y personal, desinhibido y al mismo tiempo tímido, de vuelta de todo y, en el mismo instante, sorprendido, expectante. El escritor va definiéndose sin adjetivos, con evocaciones, anécdotas y palabras que le retratan. Con silencios y cambios de tercio que dejan patente su capacidad de control, su manejo del entorno.
     Referencias culturales frecuentes, intertextualidad, anhelos… que manifiestan una construida base de conocimiento, un estudio previo y una comparación constante entre lo que hay y lo que hubo, lo que hace él y lo que hacen los demás, lo que imagina y lo que existe.
     Se muestra pasional –con la pasión de Bach– pero con una pasión retenida, que nace de la lógica más que del instinto, como demuestra al hablar del amor y las mujeres, de las arquitecturas complejas del ser humano que evoca en sus libros.
     Inquilino posible de la melancolía como refleja al reconocer que “nunca me siento solo cuando estoy solo”, para recapacitar que la soledad la siente sin embargo cuando está en compañía de la gente inadecuada. 
     Recurrente y obsesivo podrían ser también adjetivos que lo describan, sin dejar de ser tópicos que comparten las personas sensibles, los oficios artísticos, la humanidad cuando, consigo misma, logra analizarse con un poco de indulgencia y compromiso, con lealtad.  

miércoles, 18 de noviembre de 2009

Arcadi Espada: "El periodismo se compra"

“El periodismo se compra”. Así de directo y enigmático nos lanza el periodista Arcadi Espada, actual colaborador del diario El mundo, una primera premisa de su nuevo medio. Un fondo en negro en una página de Internet y una sucesión de ideas: “El periodismo no se vende. El periódico nació de los ciudadanos y ha acabado viviendo del poder. Los hechos se han convertido en opiniones y las opiniones en hechos.” Y continúa. Alusiones poéticas. Aquellas dos Españas que helaban el corazón. 
Y concluye con una pregunta: ¿Estás satisfecho con el periodismo actual? La respuesta se presupone y la enigmática página te dice: “Déjanos tu e-mail y tendrás buenas noticias muy pronto”.
La curiosidad nos puede. Y le dejamos el e-mail.

Arcadi Espada, autor de libros como Periodismo práctico, ha iniciado de este modo el lanzamiento de un nuevo medio digital, que nace con un presupuesto inicial de 250.000 euros, y al que denominará Factual, en un juego de palabras entre ‘facto’ (hecho en latín) y ‘actualidad’.

Las redes sociales, los correos electrónicos e Internet son, a dos semanas de la apertura del medio, el vehículo para publicitarlo.

Pasan un par de días y un mensaje parpadea en tu correo. Es Arcadi. Una propuesta de contrato te invita a poner en práctica que el periodismo se compra. Su nuevo medio incita a los lectores potenciales a suscribirse al medio por un precio de 50 euros al año. Además, quien se suscriba antes de que el medio salga a la luz, está invitado a visitar la redacción durante los primeros 100 días desde su salida.

Entonces, recuerdas cómo se presentaba aquel libro de Periodismo Práctico en la contraportada. Leías: “Arcadi Espada lleva toda una vida preparando este libro, esto es, leyendo diarios a diario. Haciendo periodismo práctico”.

En ese momento y con la oferta del contrato aún parpadeando en tu correo, reflexionas: ¿el periodismo se compra? ¿Se está desvalorando el papel del periodista si no se paga la información que genera? ¿Conseguirá Arcadi que, en medio de esta crisis, futuros lectores paguen 50 euros por un medio que aún no existe?

Sigues haciéndote preguntas: ¿qué papel juega el periodismo en la sociedad? ¿Estaríamos bien comunicados si la información solo fuese generada por ciudadanos en lugar de por profesionales? ¿Tendrá éxito esta premisa de vender el periodismo digital? Y mientras, en mi correo electrónico sigue Arcadi parpadeando.

martes, 17 de noviembre de 2009

Festival EÑE: Mejor leer que ver

“La lectura no soporta la voz imperativa”, apunta Fernando Savater citando a Daniel Pennac. Y luego lo compara con un cocido: "Por obligación puede resultar indigesto; bien asumido, exquisito".
Durante dos días, escritores, profesores, periodistas, filósofos y artistas varios han debatido en el Círculo de Bellas Artes de Madrid sobre diferentes aspectos del mundo literario, en el marco del Festival Eñe.
Savater aconseja desvestir a la lectura de su valor instrumental y obligatorio para entregarla al placer. Y alguien, entonces, le reprocha lo absurdo del planteamiento argumentando que hoy, gracias a esa imposición, se lee más. “Se venden más libros que antes, pero se leen menos. –responde él– En Navidad se regalarán muchos libros… para decorar las estanterías”.
 

Pero del mismo modo que criticó la imposición, alzó la figura del mentor, del guía de lectura, del maestro. Y quienes hemos tenido la fortuna de, en momentos de nuestra vida, tener un “tutor de lecturas”, alguien que, sin imposición, y con sutileza, sepa colocarnos en las manos el libro que necesitamos justo en el momento adecuado, entendemos las palabras de Savater porque asumimos que aquellas "incitaciones" marcaron nuestra pasión literaria.
El escritor intentó contagiar entre los presentes el placer de leer, aunque reconociendo que son muchas las competencias a las que hoy se enfrenta la literatura, y continuando con referencias, citó a David Olson: “El habla nos hace humanos; la lectura, civilizados”.

Pero no fue la lectura el único tema que se debatió durante el festival. Muchos escritores quisieron quemarse en su propia hoguera de las vanidades y explicar en qué consiste la labor de creación de sus obras. Pero si no hay delicia comparable a leer un buen libro, no hay modo peor de alejar a los lectores que darles a conocer de primera mano a los escritores que habitan tras los libros. No ocurre siempre, pero a menudo tras un excelente escritor se esconde un mal orador. Considero que mejor le iría a la literatura si de sus autores sólo supiésemos el nombre, o a lo más, el mito, una maraña de anécdotas de las cuales no se sepan qué hay de real y qué de falso. Pongo un ejemplo (totalmente subjetivo), por muy buena literatura o periodismo que haga, me extraña que alguien sea capaz de leer agradablemente a Javier Marías si lo ha escuchado dar una conferencia. 

La lectura y el oficio de escritor desembocaron en temas más abstractos, en esas materias primas de las que se componen vida y literatura: de memoria y necesario olvido, de dolor y amor contrapuestos. De la verdad “que es una casualidad, que podría ser como podría no ser”, en palabras del poeta Antonio Gamoneda. Las palabras y el alma: se perdona o se maldice. Y alguien continuó hablando. El tiempo: “el presente es la premonición del pasado; el futuro, literatura”, recitó el fotógrafo Alberto García Alix en una magnifica mezcolanza de poesía, fotografía y erotismo.
La escritura como escape o como salvación. “Las palabras se quiebran cuando el lector las comprende", anotó Guillermo Fadaneli analizando la literatura como autodestrucción. ¿Es necesario que el lector comprenda el significado que el autor quiso expresar? ¿O es preferible que haga su propia lectura? Que empatice, que se emocione…


En otro tono, Soledad Puértolas añadió: “Mi oficio es contar historias. No tiene que ver con la cultura, sino con la fantasía”, y relacionó sus inicios con la enfermedad. “Estar enferma durante una gran parte de mi infancia, me regaló la literatura, pero me arrebató la confianza.”. Otro tema: Escritura y vulnerabilidad. Y el Festival Eñe concluye dejando las puertas abiertas.

lunes, 16 de noviembre de 2009

Piedras ¿vivas?



Una luz parpadea. Así estará durante los 50 minutos que dura la misa. Feligreses van entrando lentamente: son unas ochenta personas, predominan las mujeres, tan sólo hay una veintena de hombres. Excepto contadas excepciones, todos superan la edad de jubilación.   
Entre esas excepciones, una niña de unos siete años mira distraída una columna. Un par de críos desde un carrito ponen banda sonora al acto en forma de gritos.
Es un domingo frío del mes de noviembre. La Iglesia María Auxiliadora, en las inmediaciones de la estación de Atocha. El espacio es amplio. La mayoría de los feligreses se sientan con, al menos, un banco libre de separación entre unos y otros.
Son las once de la mañana. Con exquisita puntualidad, la música ambiental anuncia la entrada del párroco, Manuel Aparicio. En vísperas de la Almudena, la celebración está dedicada a la Basílica de Letrán, catedral romana que, erigida en el año 313, goza el privilegio de ser la primera iglesia del mundo.

La música del órgano, presionado desde la retaguardia por otro cura, da cierta solemnidad. Un parroquiano inicia la primera lectura: La profecía de Ezequiel 47. El templo visto como manantial. Le siguen el Salmo 45 y una de las Cartas de San Pablo a los Corintios. El tema en todos los casos es el del espacio: La Iglesia como edificio de Dios.
Edificios fríos parecen los cuerpos inmóviles de una audiencia aparentemente poco implicada. Continúa la misa con un pasaje clásico: el Evangelio de San Juan en el que se relata el momento en que Jesús echa a los vendedores del templo. «No convirtáis en un mercado la casa de mi padre», grita. Después añade otra frase emblemática: «Destruir este templo, y en tres días lo levantaré». Habla metafóricamente como el templo de su cuerpo. Metáforas no siempre bien entendidas. El llanto agudo de un bebe interrumpe las lecturas.


El sentido de la Iglesia
Terminadas éstas, el sermón del párroco se centra en la figura de la Iglesia. «Somos una comunidad mucho más amplia», dice. No se sabe en referencia a qué. Su tono es calmado, hace uso de la persuasión. Habla de una comunidad «formada por personas».
Se acompaña de un movimiento enfático de manos.
Intenta reflexionar sobre «el verdadero sentido que para nosotros tiene la Iglesia» e invita a la comunidad que lo escucha a sentirse como « piedras vivas de la única Iglesia de Cristo». Alude entonces a los aspectos físicos de las personas y expresa la necesidad de cuidar el cuerpo «dado que en él habita el espíritu».
Tras el sermón, las peticiones son básicamente eclesiásticas: por la Iglesia, por el Obispo de Roma, por los que no conocen a Jesús...
Llegado el momento de la limosna, tres mujeres pasan la cesta. El cura canta. Nadie lo acompaña con su voz. Luego invita a dar la paz. Apenas hay intercambio de besos, la lejanía entre los feligreses es físicamente tangible. Se bendicen el pan y el vino. Algo más de la mitad del aforo se acerca a comulgar.
No se cruzan miradas. Nadie deja su abrigo, tampoco la seriedad de sus rostros. Tras un «podéis ir en paz», la gente se marcha apresurada. Tan sólo unos pocos esperan a que acaben los cantos para salir.Cierta sensación de inercia. El cura desaparece de escena. En la puerta de la iglesia, venden lotería de Navidad.

domingo, 15 de noviembre de 2009

sábado, 14 de noviembre de 2009

Mis objetos (Retratos)

Podría decir que los objetos no importan, que no son más que el reflejo de nuestra sociedad materialista. Pero no estaría siendo del todo sincera. Nos han pedido que fotografiemos 30 objetos que vayan a acompañarnos, que nos estén ya acompañando, durante nuestro recorrido en el máster. Materialidad en la que vernos reflejados, en la que vislumbrar rasgos de cómo somos. ¿Son nuestros objetos capaces de describirnos?

A continuación añado mis treinta fotos. Son numerosos los objetos que nos resguardan a lo largo de nuestra cotidianidad. Algunos, simplemente, son eso: objetos. Otros añaden otra dimensión al ser sujetos receptores de lo que hemos denominado un “valor sentimental”. Un término que difiere de utilidad y lógica y que sólo se adhiere a criterios emocionales. Mi lista contiene objetos de diversos valores.
Hay objetos que no tienen más valor que el de la utilidad –y a ello va unida cierta dependencia– y el de la obligación impuesta por nuestra sociedad. Es el ordenador en el que escribo ahora mismo, la cartera, el abono del metro, el móvil, la grabadora, la cámara de fotos
Hay objetos que son reflejos de lo cotidiano: el arbornoz, la cafetera, el abrigo
Aunque sin dejar de ser muestra de una costumbre también implican valores. Pongo un ejemplo: la cafetera –cotidiana– da muestra de un hábito, pero además, la caja de metal donde guardar el café, traspasa la utilidad (mantener el café en condiciones óptmas) para convertirse en un objeto que siempre me acompaña.
Un valor simbólico tienen los objetos y las fotografías que elegimos para decorar nuestro espacio. Considero que las paredes de nuestro día a día son un reflejo importante de cómo somos y a qué aspiramos. Mis paredes, llenas de fotos de mi familia, de mis animales, de mis amigos… decoradas con frases, con retales de palabras… con postales de los lugares soñados, con historias… con recuerdos… muestran una elección constante que me retrata.
Los libros, los cuadernos, mis libretas, los bolígrafos… dejan al descubierto una pasión, una obsesión, una parte muy importante de mi personalidad. 
Y hay objetos que, al margen de son útiles o son innecesarios –de todo hay– tienen un valor para nosotros que traspasa lo físico y que son cómplices de nuestra fibra sensible. Algunos pañuelos y bufandas, un recetario de cocina, un reloj despertador, una toca, la radio
Es imposible que la misma lectura de estas fotos haga quien te conoce a quien no es más que un compañero puntual en tu recorrido vital, y, aún así, queda patente que tus objetos, más que ser muestra de una desprestigiada materialidad, son el reflejo de tu esencia.    















viernes, 13 de noviembre de 2009

Acostumbrándome a Madrid

“Como relucen”, pensé. Realmente brillaban con una llamativa diferencia respecto a los que había a su alrededor, todos sucios y viejos. Los miré detenidamente hasta que la palabra “Suanzes”, entonada por la megafonía del metro, me hicieron apartar con un sobresalto mi mirada de los zapatos de aquel viajero. Al subir las escaleras, pensé que hacía dos días había estado en la playa, y en un intento desesperado de recuperar ese calor, apreté la solapa de la chaqueta contra mi pecho y me recoloqué el pañuelo. Caminé deprisa, un día más había sido en vano el intento de llegar antes de que el reloj marcara las diez. Aún no habían transcurrido los suficientes días como para que la cotidianidad necesaria abarcará el espacio. Así que volví a dudar antes de decidir cual era la calle correcta.
     Llevaba menos de dos semanas acudiendo al ABC, todo aún era demasiado novedoso. Me acordé de aquellas palabras que insistían en la necesidad de ver todo con los ojos de un niño, con su ingenuidad y su capacidad de asombro. Pero no recordé dónde las leí, o dónde las escuché. Quizás en alguna canción de esas que me gustan a mí, “más habladas que cantadas”, como me decía el otro día un compañero. Entre en el aula y saludé rápidamente, sin palabras, con una cómplice mirada, a mis dos compañeras de fila. Afortunadamente, la sequedad que a veces me achacaban, –“no pareces andaluza”, me han llegado a reprochar–, no se había manifestado y, en muy pocos días, había encajado muy bien días con esas dos chicas.
     El profesor ya había empezado su clase. Mi escasa capacidad de concentración empezó a hacer de las suyas y mis manos a adueñarse de las teclas del ordenador. Mientras, mis pensamientos efímeros, ajenos a la explicación, vagaban a su aire. El profesor contó algo de Afganistán. No logro recordar el qué. También sé que alguien habló. No sé quién fue ni qué dijo, sólo sé que ocurrió. Lo sé porque, en ese momento, pensé, y decidí, que ya iba siendo hora de aprenderme los nombres de mis compañeros.
     No pasó demasiado tiempo –o al menos esa fue la sensación– cuando entró el secretario del máster a avisar del final de la clase. Me prometí estar más concentrada en la próxima. No estoy segura de si lo conseguí. Como todos, tenía la cabeza más puesta en la primera práctica, que ya nos la habían mandado, que en el transcurso de las clases.
     Además, la odisea de buscar piso en esta ciudad que, antes de darle ninguna oportunidad, ya empezaba a odiar, era otro de los pensamientos que dificultaban mi concentración. Aún estaba impresionada con el piso que había visto el día anterior. El techo de la habitación chocaba contra mi cabeza. “Es que son techos bajos, de 1,70” me dijo la casera, sintiéndose ofendida por mi protesta. “Pues menos mal que no uso tacones”, le contesté.
     El hecho de trasladarnos en las siguientes dos clases a la mesa de trabajo facilitó que no me perdiera entre mis pensamientos y mis páginas web. El profesor explicó las diferencias entre Derecho de la Información y Derecho a la Intimidad y caí en la cuenta de que, pese a lo que hubiese podido creer, sí que me había servido la carrera. Las explicaciones me resultaron familiares, conocimientos que en algún momento había adquirido y que, pese a creer que habían desaparecido, esperaban en algún cajón de mi memoria aguardando la hora exacta de reaparecer.
     Alguien, no recuerdo quién, interrumpió mis pensamientos con el comentario de que olía a comida. Intenté hacer un esfuerzo pero, como siempre, no conseguí diferenciar olores. Menos mal que con otros sentidos soy más hábil. Sin embargo, mi estómago sí debió percibir el olor y mis tripas, instintivamente, sonaron pidiendo alimento. Afortunadamente nos habían dado la tarde libre, lo que significaba que podría aprovechar el tiempo libre para continuar buscando piso. Lo malo es que el momento de comer acabaría posponiéndolo hasta llegar a casa de mi hermano, donde andaba instalada por entonces.
     Sólo hubo una clase más antes de marcharnos. Exceso de metafísica. Vocabulario hermético. Habla de retórica y omite la primera regla: “adaptarse a su público”. Me gusta la filosofía, no su forma de enseñarla. Me quiero marchar, tengo hambre… Esos son los pensamientos que deambulaban por mi cabeza.
     La clase terminó, frente a todo pronóstico, cinco minutos antes de la hora anunciada. Deje las gafas en su estuche, recoloqué la maraña de papeles, lápices, pañuelos de papel y demás objetos que había ido desperdigando por la mesa a lo largo del día, me puse la chaqueta y volví al metro.
     Caminé  deprisa. Sabía que me costaría acostumbrarme a tener que coger el metro en lugar de mi bici, a saber que no me esperaba Benjí (mi perro) en casa, y al tener que invertir dos horas diarias en trayectos. El frío de la calle me volvió a evocar el fin de semana en la playa. El mar, mi mar, era lo que más iba a añorar. Cogí mi libreta y apunté varias veces la palabra paciencia, seguida de un par de reflexiones abstractas, en un intento, un tanto desesperado, de acostumbrarme a Madrid. “Eres una prejuiciosa con esta ciudad”, me había dicho hacía un par de días una amiga. Quizás era cierto.
     Entré  en un vagón. Dudé si buscar piso directamente o acercarme primero a casa de mi hermano. Volví a escuchar rugir a mi estómago. Y me sorprendí a mi misma intentando encontrar, entre los zapatos de los viajeros, algún par que brillara tanto como los del hombre de esta mañana.