sábado, 6 de febrero de 2010

El periodista, por Tomás Eloy Martínez

Los doce puntos del periodista, por Tomás Eloy Martínez:

1) El único patrimonio del periodista es su buen nombre. Cada vez que se firma un texto insuficiente o infiel a la propia conciencia, se pierde parte de ese patrimonio, o todo.

2) Hay que defender ante los editores el tiempo que cada quien necesita para escribir un buen texto.

3) Hay que defender el espacio que necesita un buen texto contra la dictadura de los diagramadores y contra las fotografías que cumplen sólo una función decorativa.

4) Una foto que sirva sólo como ilustración y no añada nada al texto no pertenece al periodismo. A veces, sin embargo, una foto puede ser más elocuente que miles de palabras.

5) Hay que trabajar en equipo. Una redacción es un laboratorio en el que todos deben compartir sus hallazgos y sus fracasos, y en el que todos deben sentir que, lo que le sucede a uno les sucede a todos.

6) No hay que escribir una sola palabra de la que no se este seguro, ni dar una sola información de la que no se tenga plena certeza.

7) Hay que trabajar con los archivos siempre a mano, verificando cada dato, y estableciendo con claridad el sentido de cada palabra que se escribe. No siempre, sin embargo, los diccionarios son confiables. Dos de los mejores que conozco, el de María Moliner y el de la Real Academia, sólo corrigieron en 1990 la vieja definición de la palabra día. Hasta entonces, seguían dándola como si aún viviéramos bajo el imperio de la Inquisición. Día, se podía leer, es el espacio de tiempo que tarda el sol en dar una vuelta completa alrededor de la tierra.

8) Evitar el riesgo de servir como vehículo de los intereses de grupos públicos o privados. Un periodista que publica todos los boletines de prensa que le dan, sin verificarlos, debería cambiar de profesión y dedicarse a ser mensajero.

9) La clase política, la clase empresaria y, en general, los sectores con poder dentro de la sociedad, tratan de impregnar los medios con noticias propias, a veces añadiendo énfasis a la realidad. El periodista no debe dejarse atrapar por las agendas de los demás. Debe colaborar para que el medio cree su propia agenda.

10) Hay que usar siempre un lenguaje claro, conciso y transparente. Por lo general, lo que se dice en diez palabras siempre se puede decir en nueve, o en siete.

11) Encontrar el eje y la cabeza de una noticia no es tarea fácil. Tampoco lo es narrar una noticia. Nunca hay que ponerse a narrar si no se está seguro de que se puede hacer con claridad, eficacia, y pensando en el interés de lector más que en el lucimiento propio.

12) Recordar siempre que el periodismo es, ante todo, un acto de servicio. El periodismo es ponerse en el lugar del otro, comprender lo otro. Y, a veces, ser otro.


El escritor y periodista argentino murió esta semana en Buenos Aires. Vivió el periodismo "a tiempo completo". (Leer más)

jueves, 4 de febrero de 2010

Clint Eastwood: el amo de su destino; el capitán de su alma


«El mérito recae exclusivamente en el hombre que se halla en la arena (…), el que lucha con valentía, el que se equivoca y falla el golpe una y otra vez», pronunció el presidente de los Estados Unidos, Theodore Roosvelt, en un discurso en Paris titulado «El Hombre en la Arena». Es el eterno oxímoron de Samuel Beckett: «Da igual. Prueba otra vez. Fracasa otra vez. Fracasa mejor».
La última película de Clint Eastwood, «Invictus», lo intenta. Un drama poético que, sin ser ni de cerca brillante, supera con creces a muchas de las películas con quien comparte cartelera. Escenifica la apuesta de un presidente, Nelson Mandela, y de un país, Sudáfrica, por unos ideales.
Mandela se propuso unir a unos blancos, aún déspotas, y a unos negros, aún resentidos, usando como baza la pasión compartida por el rugby, en un contexto marcado por el «apartheid».
 
Irreal pero no falsa
En una historia tan real, puede que no todo necesite ser estrictamente verídico. Eastwood se permite una licencia poética en la escena en la que el presidente entrega al capitán Piennar un poema. Se trata de «Invictus», escrito por William Ernest Henley en 1875 y publicado trece años después. Durante los 27 años que Mandela pasó en la cárcel, ese poema fue un apoyo.
La escena podría ser lícita. Pero los hechos no ocurrieron así. Lo que Mandela entrega al capitán para reforzar su moral, para invitarlo a creer y a ganar, es un extracto del texto de Roosvelt. «El que cuenta es el que de hecho lucha».
Pero, ¿importa si fue o no real? A veces las palabras —las de Roosevelt, las de Henley, las de Beckett— llegan en el momento oportuno; son el impulso necesario. Y amarlas es encontrar el mejor modo de usarlas; transformarlas para que a cada uno le sirvan para hallar sentido, incluso cuando no lo hay. Da igual qué ocurrió. También Eastwood es el amo de su destino; el capitán de su alma.

miércoles, 3 de febrero de 2010

«La obsesión era atender al máximo de pacientes»


Tras doce días participando en las labores de emergencia en Haití, el médico Prados llega a ABC para contar cómo ha sido su experiencia

Verdes, los pacientes leves. Amarillos, los intermedios. Rojos, los muy graves, los que tenfrán prioridad a la hora de ser atendidos. Y azules… «Claro, a ellos nos les podíamos decir que eran azules…», explica el médico. Azules, aquellos que están tan graves que las probabilidades de que sobrevivan son demasiado bajas. No hay tiempo para intentarlo. Negros, los muertos.
En este código de colores, los médicos desplazados hasta Haití clasifican a los pacientes. Con esta paleta van estableciendo prioridades de cara a atenderlos: «son muchos y los recursos están muy limitados». Así lo explica el Jefe del departamento de protección civil del SAMUR del Ayuntamiento de Madrid, Fernando Prados Roa.
Hace apenas una semana regresó de Haití, donde el terremoto que asoló Puerto Príncipe el pasado 12 de enero ha provocado casi 200.000 muertes. Allí,  junto a otros nueve profesionales sanitarios, ha participado, durante doce días,  en labores médicas de emergencia.

—¿Qué es lo primero que hace un equipo de emergencia al llegar a una catástrofe?

—Lo primero fue aterrizar. La torre de control no funcionaba y eran los norteamericanos los que nos daban instrucciones de quiénes podían y quiénes no. Dentro de lo que cabe, no nos fue mal. Sólo tuvimos que esperar 45 minutos. Nosotros ya habíamos contactado con los cascos azules de la ONU. Ellos estaban instalados en el aeropuerto y nosotros hicimos lo mismo. Lo primero era buscar donde actuar. Para eso cogimos a un chofer y le dijimos que nos llevara a los hospitales. Nos quedamos en el primero que vimos, el de «La Paz».

—¿Cómo era una jornada de trabajo en Haití?

—A las seis de la mañana, los cascos azules nos llevaban al hospital. En teoría, a las seis de la tarde nos teníamos que volver al aeropuerto, aunque al final, solíamos retrasar el regreso hasta las ocho, ya que había pacientes que sabíamos que si no los atendíamos, al día siguiente ya no iban a estar vivos. Traían a los heridos ayudándose de cartones y restos de puertas. Así que, en colaboración con un grupo de médicos cubanos, clasificábamos a los heridos por colores, y los atendíamos según sus necesidades. No había tiempo ni de tomar la tensión, todo el trabajo era siempre muy precipitado. La obsesión era atender al máximo de pacientes posibles.
—¿Cómo reaccionaban los pacientes ante esa organización?

—Al principio todo era muy caótico; curiosamente, una réplica del terremoto, ocurrida al segundo día de estar allí, provocó que, quizás por miedo, los familiares se llevaran del hospital a muchos de los pacientes. Aquello nos sirvió para poder organizarnos mejor. Los pacientes eran absolutamente obedientes y entregados, intuían que sus vidas estaban en nuestras manos.

¿Os encontrábais con muchos casos en los que fuese necesario amputar?

—Sí, los haitianos están muy predispuestos a hacer torniquetes; esto provocaba muchos casos de necrosis y gangrenas que desembocaban en que la amputación de las extremidades fuese la única solución para salvar la vida del paciente.

—¿Qué particularidades tenía la atención hacia los niños?

—A partir del cuarto día, montamos tiendas de campaña en las afueras del hospital para poder atender mejor a los niños. Nos ayudaban un grupo de monjas, las hermanas de la Caridad de San Vicente Pau. Por otro lado, a partir del tercer día, empezamos a tener nacimientos. El primer parto que tuvimos fue por cesárea; la madre venía enferma y pensamos que no sobrevivirían. Y, sin embargo, madre y niño salieron perfectos. Esas vivencias eran la parte más agradecida de nuestro trabajo.

—¿Cómo era la actitud de los propios haitianos?

—Parecía una ciudad pseudofantasma. La gente vagaba, caminaban pero sin ninguna dirección. Incluido los médicos haitianos. La primera vez que vi a un médico haitiano por el hospital, pensé que sería una ayuda; después me di cuenta que deambulaba desorientado. No miraba a ningún paciente. Supongo que también era comprensible. Además de médico, era persona, y también habría perdido a sus allegados. Estaban todos muy afectados.

—¿Cómo se vivían los casos en los que, de pronto, salían personas con vida tras varios días atrapadas entre los escombros? 
—Era emocionante. Fue, por ejemplo, el caso de una niña de dos años. Su madre la había dado por muerta y en la propia desesperación, empezó a gritar su nombre. Y la niña se movió. Llevaba seis días bajo los escombros. Llegó al hospital completamente deshidratada, inmóvil, y a las tres horas ya se movía. No sé si será genética, selección natural… pero sobrevivió.

—¿Qué opina de la polémica con los médicos que se sacaron fotos festivas en Haití?

—Hay que ser muy prudente cuando se está en una situación así, pero tampoco hay que descontextualizar. El medio no debía haber publicado esas fotos. Es cierto que, vista desde aquí, la actitud que tuvieron pudo resultar irrespetuosa; pero hay que ser benevolente. Probablemente esos médicos están haciendo una labor extraordinaria y aquello era sólo un momento de desahogo. Seguro que están ayudando mucho más que aquellos que los criticaron.

—¿Qué considera lo primordial a la hora de acudir a una emergencia sanitaria?

—Bueno, es esencial ser autónomos, que el grupo sea capaz de autogestionarse. En nuestro caso, lo único que no llevábamos era el oxígeno, que no te dejan llevarlo en el avión. El personal médico que acude a catástrofes tiene que ser capaz de trabajar con lo que el grupo lleve. Lo mismo ocurre, por ejemplo, con la comida. Es necesario que los equipos de ayuda lleven alimentos para autoabastecerse. Con nuestros dólares y nuestros euros sería muy fácil comprar allí comida, pero eso provocaría que los haitianos se queden sin sus recursos. 

—¿Notaron diferencias en el modo de trabajar de los haitianosrespecto al de los españoles?

—Se notaba mucho, por ejemplo, en la percepción del dolor. Una obsesión nuestra era que los niños no sufrieran. Ellos ni siquiera se planteaban usar analgésico. Nosotros intentamos hacer nuestro trabajo lo mejor posible, pero no podemos olvidar que no vamos allí a imponerles un modo de trabajar, ni de vivir, ni de hacer las cosas. Vamos a liberarlos de trabajo en un momento puntual, a intentar ayudarlos; pero, después, nosotros nos volvemos y ellos, los haitianos, se quedan allí.

lunes, 1 de febrero de 2010

Conversación 2

- Mi madre me ha dicho que los periódicos son de los partidos políticos -dice Paz, de doce años.
- No exactamente -intento explicarle.
- Pero mi madre me ha dicho que El País es de Zapatero.
- Los periódicos no son ni de los partidos ni de los políticos, lo que pasa es que sí que tienen una ideología; vamos, que sí que están más de acuerdo con unos partidos que con otros. 
- ¿Entonces El País es de izquierdas? -pregunta la pre-adolescente.
- Digamos que dentro de los que hay, es el más de izquierdas. 
- ¿Y El mundo es de derechas o de izquierdas?
- El mundo es de derechas. 
- Y si El País es de izquierdas y El Mundo es de derechas, ¿dan noticias diferentes? 
- Bueno, o dan diferentes versiones de la misma noticia.
- Pero, ¿el periodismo no es objetivo?
- La objetividad en el periodismo no está tan clara...
- Entonces, ¿los periódicos dan su opinión?
- Bueno... 
- Pero si nos acabas de decir que si escribíamos un artículo para el periódico del cole, no podíamos dar nuestra opinión sino ser objetivos y dar sólo información... entonces, no escribimos como en los periódicos de verdad... 
- Tenéis que intentar escribirlos sin opinar porque...
- ¿Y el ABC? -me corta.
- El ABC, ¿qué?
- ¿Que si es de izquierdas o de derecha?
- El ABC más que ser de izquierdas o de derechas, es un periódico monárquico y católico.
- Ah... entonces, ¿el ABC está en contra de usar preservativos?

Conversación 1

- Vosotros sabéis manejar vuestra libertad, nosotros no -dijo plenamente convencido Giani, marcando la diferencia entre ellos, italianos, y nosotros, españoles.
- Nosotros -prosiguió- necesitamos a alguien que nos guíe, que nos marque el camino... como hizo Mussolini.
- ¿Cómo?... ¡Venga ya! -protesto yo- No me puedo creer que estés diciendo eso.
- No me entiendas mal -intentó justificarse- no es que esté a favor de Mussolini, pero con él ha sido con la única persona con que Italia fue bien... Y así pensamos la mayoría de los italianos.
- Eso es lo que dicen en España los abuelos que defienden que con Franco se vivía mejor y más seguros -replico yo-, pero tú, que tienes 22 años, y que no sabes de Mussolini más que lo que te han contado...
- Tú no lo entiendes porque eres española... Pero a los italianos no nos gusta Berlusconi porque no es listo, Mussolini sí lo era. Nosotros no queremos libertad porque no sabemos manejarnos con ella. Y tampoco queremos a Berlusconi.
-Los italianos habláis mucho y después no hacéis nada. Sólo protestáis.
- Es cierto, pero tú no lo entiendes, no eres italiana.

jueves, 28 de enero de 2010

El Metro, lleno de ritmo

Seis de la tarde. El metro de Avenida América rebosa de personas que van y vienen. Pero Simon ni va, ni viene. Al lado de las escaleras mecánicas, desde la esquina donde toca el órgano, hace un gesto con la mano para saludar a una de las usuarias que baja las escaleras. «En cinco horas puedo saludar a 200 personas», dice, y añade: «Estoy feliz de tener un trabajo que me permite conocer a un montón de gente».
Simon es uno de los músicos que amenizan los túneles del metro de Madrid. En Barcelona, los espacios y los horarios están repartidos entre los artistas que pertenecen a la «Asociación de Músicos de calle», algo que en Madrid no ocurre.
«Aquí, el que primero que llega se queda el sitio», explica Simon. En Nigeria, su país de origen, trabajaba como técnico de sonido hasta que hace seis años llegó a Madrid. Rebosa espontaneidad y habla con todo el mundo, aunque se guarda un secreto, su edad: «Cuando sea un cantante famoso, entonces la diré». Es como un niño grande que no quiere que pase el tiempo.

Pero ha pasado una hora y dos paradas de metro en la línea circular. Son las siete en el intercambiador de Nuevos Ministerios. Asen, de origen búlgaro, toca el clarinete. Toca entre semana, unas seis horas al día, en las que gana unos treinta euros. Tiene 42 años y desprende una melancolía opuesta a la de su colega. Explica que sus ideas sobre España eran diferentes: «yo quería encontrar un empleo, no tocar en el metro, pero con la crisis no encuentro nada». Hace una semana llegaron sus dos hijos, de 18 y 20 años, a buscar trabajo, «porque a pesar de todo, España sigue estando mucho mejor que Bulgaria», añade.
En Nuevos Ministerios, tren y metro comparten intercambiador. La normativa de los suburbanos de Madrid no permite a los artistas colocarse en lugares que dificulten el paso de viajeros o en los que el volumen interfiera en la actividad de las taquillas. También está prohibido tocar dentro de los vagones, «aunque siempre hay alguien que se cuela», explica Edison, empleado de MetroMadrid, «y alguien que va a los de seguridad a poner una queja porque le molesta la música», añade.

Sin música en los vagones
Más restrictivos son en Renfe, donde está prohibido tocar en todos sus espacios, según explican desde la oficina de Atención al cliente de Atocha. Son las ocho de la tarde y, efectivamente, entre los viajeros de cercanías y media distancia que se ven por la estación de trenes, no se escucha más melodía que la de la voz que anuncia destinos por la megafonía.
De nuevo en el metro, y cuatro paradas hacia el norte en la línea celeste, el viajero desemboca en el corazón de Madrid. A las ocho y media, en cada rincón de Sol aún queda un músico animando.
Muchos, inmersos en sus lecturas y sus prisas, o aislados tras los cascos del Ipod, pasan sin percatarse de que alguien toca. Pero es difícil no girar la cabeza buscando de dónde proviene la música de unos timbales que llenan toda la estación.
Batu está situado justo donde se coge la línea amarilla. Tiene 32 años y llegó de Senegal hace casi un lustro. «Lo que más me gusta es poder tocar cada día en un lugar: Sol, Legazpi... o en discotecas, donde a veces trabajo también».
Luis lleva en Madrid algo menos que Batu, dos años y medio, y desde otro de los túneles de Sol hace vibrar una guitarra imitación Gibson con la canción «Knocking on heavens door» de Bob Dylan. Dice que es una de las preferidas de los madrileños.
Es un músico de media melena, como los viejos rockeros, que sabe qué música es la que le gusta más a la gente. Dice que lo suyo es vocacional: «a veces he estado trabajando en otras cosas, pero si necesito despejarme me vengo al metro. Toco una hora y estoy como nuevo», explica. «Pink Floyd, Led Zeppelin, Black Sabath, Héroes del Silencio... hay canciones que se ve que gustan, las toco y la gente se gira», comenta este ecuatoriano, «hay mucho rockero en Madrid», añade.

Hotel California
Pero no sólo le dejan dinero los rockeros. «No creo que dependa de la edad, hay niños que sus madres les dan unas monedas para que me las echen. Yo les dejo la púa y tocan la guitarra. Les encanta». Se emociona hablando de la música y recuerda la primera canción que tocó en el metro de Madrid. «Con “Hotel California” de “The Eagles”, que la toqué en Legazpi, me dejaron cinco euros.» Decidió entonces que la vida en Madrid le iba a sonreír.
En unas cinco horas de trabajo suele ganarse entre 30 y 60 euros «se gana más si estás con otra persona, a la gente le gusta ver movimiento, espectáculo», explica. «Sé que no me voy a hacer millonario tocando en el metro, pero doy alegría; si no tienen dinero, que me den una sonrisa. La música mueve el mundo». Antes de que termine de hablar, un chico le lanza un par de euros y Luis da por finalizada su jornada. Aún no son las nueve y media.

Pocos minutos después, en la parada de Príncipe de Vergara, Pedro, un venezolano de 28 años, espera la llegada de un metro que le lleve a casa. Lleva su violín en una funda. Es un amante de la música clásica. Pedro no se atreve con el metro, «me parece impersonal, la gente va siempre corriendo», así que opta por otro tipo de espacios públicos: las calles y las plazas. «Lo importante es que la música te transmita».
Llega el metro que esperaba Pedro. De nuevo a Avenida América. Al lado de las escaleras mecánicas, desde donde Simon tocaba el órgano, ya nadie saluda. No hay música en el metro. No quedan prisas ya entre los viajeros. El silencio deambula y la alegría se va a dormir con sus músicos. Son las diez de la noche.

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J.M.de Prada: "El periodismo da una imagen distorsionada de la realidad"

Habla pausado. Concentra su mirada en ese punto fijo en algún lugar del espacio de donde parece sacar las ideas, todas cuidadosamente hiladas, sin que nada se le escape. Ni siquiera una sonrisa o una duda. Con una actitud hermética, con un movimiento de manos lento, sin aspavientos, va analizando la vocación periodística y literaria: «porque es una vocación, si no, tal como estamos, no tendría sentido», dice.
El escritor Juan Manuel de Prada entró en ABC hace quince años, cuando Luis María Anson, entonces director de este periódico, quedó fascinado tras leer su primera obra, «Coños», prosa lírica en homenaje a «Senos» de Gómez de la Serna. Desde ésta, su casa, se dedicó ayer a dialogar sobre periodismo y literatura, sus dos fervientes pasiones.
«El periodismo da una imagen distorsionada de la realidad», sentencia dándole luz verde a un escepticismo del que hará gala durante todo su discurso: «Crea una realidad paralela que no existe».
Es por eso que cree que a esta profesión —«precaria, mal pagada, de proletariados sin prole»— sólo se dedican aquellos con una gran vocación: «Nos esperan años difíciles, aunque apasionantes».
Como a sus colegas, le preocupa el futuro del oficio, aunque cree que «los derechos de autor son una ficción jurídica» que sólo pretenden «impedir la trasmisión cultural». A lo que añade que: «todo intento de coartarla va contra la naturaleza humana».
 

Exceso de individualismo
Critica la autocensura que se impone el propio periodista cuando sabe que «los lectores esperan encontrar en el periódico algo concorde a sus propias convicciones». Señala el «exceso de individualismo» como uno de los problemas de esta sociedad, y marca «lo religioso como elemento genético humano».
De Prada acaba su discurso como lo inicia, con contención, como quien desabrocha los botones que le conducen a un placer que ansía pero que teme, como quien colorea sin salirse jamás de los bordes.