"¿Dónde está el cementerio? ¿Fuera o dentro? Un vértigo espantoso se apoderó de mí, y comencé a ver claro. El cementerio está dentro de Madrid. Madrid es el cementerio".
"Cuando el dos de noviembre de 1836, Mariano José de Larra escribió el artículo "El día de los difuntos del 36", el periodista ya estaba muerto, aunque aún no se hubiese pegado el tiro.
Que su amante Dolores Armijo le dijese el día anterior que "nunca más", que hasta allí habían llegado y que se iba a las Islas Filipinas, no fue el motivo. Eso sería una versión simplista. Más bien, debió de ser la gota que colmó el vaso, la última prueba que no estuvo dispuesto a pasar.
Larra se suicidó un día como hoy, un 13 de febrero de 1837, en esta ciudad. Mientras, en el teatro de la Cruz, cercano a su casa, estaban tocando la ópera "Norma".
Había tenido una educación francesa en un Madrid aún de ovejas y panderetas, y no le vio sentido a escribir para ciegos y hablar para sordos. "Mi vida está condenada a decir lo que otros no quieren leer", escribió.
Mañana, domingo 14, concluye la exposición "Larra, Fígaro de vuelta, 1809-2009", que ha realizado la Biblioteca Nacional y en la que se han mostrado 150 piezas entre libros, artículos, muebles, grabados, cuadros y otros objetos.
Irán celebra el 31 aniversario de la victoria de la revolución islámica olvidándose de su rebelión
El movimiento Verde pierde fuerza frente al presidente de la República, Mahmoud Ahmadineyad, que la gana
La República de los animales llegaría. «Tal vez —pensaron en la granja— no fuera pronto, quizá no sucediera durante la existencia de la actual generación de animales, pero vendría». En la eterna alegoría descrita en «Rebelión en la granja», la novela que George Orwell publicó en 1945 en contra de los totalitarismos, los animales sublevados contra el patrón están convencidos de que su revolución triunfará.
Para ello, crean un sistema de gobierno de base, en el que todos los animales participan. Pero la idea de hermandad inicial convierte la granja en un caos. Impulsados por sus ansias de poder, algunos de los animales se hacen con el control bajo la apariencia de un falso consenso. «Rebelión en la granja» es una fábula sobre la corrupción del poder y la parsimonia de las masas, representados por unos personajes que que se identificaron con el régimen zarzista, Lenin, Stalin y Trotsky.
Una especie de «Rebelión en la granja» está ocurriendo en Irán. Ayer concluyeron las celebraciones por el 31 aniversario de la victoria de la revolución islámica, con los ojos puestos en las nuevas esperanzas que promete la revolución Verde.
En la década de los setenta, en Irán, conocida como Persia hasta 1935, se estaba tejiendo un cambio. Las masas obreras estaban cansadas de un régimen de monarquía autoritaria secular, impuesto en 1925, que se definía a sí mismo como pro occidental y anti comunista.
Desde la revolución soviética de 1917, no se había vuelto a dar un caso de insurrección contra el gobierno que naciera desde abajo, desde el pueblo, en lugar de hacerlo, como era más frecuente, desde las elites intelectuales.
Los iraníes se echaron a la calle en contra de la monarquía hereditaria de Mohamed Reza Pahlevi, y se enfrentaron al SAVAK, la policía secreta del Sha.
El 1 de febrero de 1979 derrocaron a Pahlevi, y regresó, entre vítores, el ayatolá Ruhollah Jomeini, que había liderado la revolución. De ese modo, quedaron atrás 2.500 años de monarquía en el país.
Revolución fallida
Aunque también Gran Bretaña y Rusia ejercían una fuerte influencia sobre Irán, era Estados Unidos la potencia que más poder tenía sobre el país. Esto chocaba con el antisemitismo y los fundamentalismos protagonistas de sus calles; lo que desembocó en constantes enfrentamientos entre Oriente y Occidente.
Esta situación, sumada a la ausencia de una dirección en el ejercicio del poder, atenuó el fracaso de la revolución. El partido comunista Tudeh, que debía ejercer de guía, no supo manejarse con la situación. La democracia se tambaleó quemada en su propia hoguera. Empezó a hablarse de las contrarrevoluciones, promovidas por los ayatolás. Después, treinta años de caos.
Irán volvió al punto de mira el pasado junio, cuando se celebraron unas elecciones marcadas por las limitaciones de libertades, como la de información. Lo que planteó si estaba siendo lícito el ejercicio de la democracia. Aunque con aspecto renovado, estaban abriéndose las mismas heridas de siempre.
Desde ese momento, numerosas manifestaciones empezaron a sucederse en Teherán. Los iraníes, como único modo efectivo de comunicación, se lanzaron a internet. Irán es el cuarto país con más bloggers del mundo (60.000 espacios) y el más avanzado en estas materias dentro de Oriente Medio (un 31,8% tiene acceso a internet). El movimiento Verde, formado en su mayoría por estudiantes y gente nacida después del 79 (ya en democracia), expresaba sus ideas adaptándose a los tiempos, y haciendo uso de plataformas como Twitter.
Entre el 12 de junio, día en que se convocaron las elecciones, y el 29 de junio, cuando se proclamó vencedor Ahmadineyad, Irán adquirió una proyección mundial llegando a todos los rincones. Pero también aumentaron los disturbios, registrándose 26 muertos (la oposición habló de 69), y 1032 detenidos.
El resultado de las elecciones volvió a dar como vencedor a Mahmoud Ahmadineya, lo que provocó que algunos grupos, entre ellos los Verdes, acusaran al Gobierno de «pucherazo». La ex viceministra de Medio Ambiente, Massumeh Ebtekar, declaró: «Está en juego la República Islámica porque Mahmoud Ahmadineyad no ha respetado en sus cuatro años en el poder las normas establecidas».
Libertades oprimidas
En el prólogo de «Rebelión en la granja», Orwell escribe: «Si la libertad significa algo, será, sobre todo, el derecho a decirle a la gente aquello que no quiere oír».
Los iraníes hicieron uso de los medios que tuvieron para poder decir a sus conciudadanos, incluso aquello que no querían oír. Demostraron un valor y una determinación ilimitados para hacer frente a una política de coacción. Pero ayer, mientras se celebraba el aniversario, por primera vez los iraníes parecían estar conformes con su presidente.
Sobre el muro, a la entrada de la granja que describe el escritor, se podía leer: «Todos los animales son iguales, pero algunos animales son más iguales que otros». Parece que los iraníes no tienen tanta confianza en su revolución como tenían los animales de la fábula. El problema es que se dejen engañar tras una buena cara.
«No había duda de la transformación ocurrida en las caras de los cerdos —escribe Orwell—. Los animales asombrados, pasaron su mirada del cerdo al hombre, y del hombre al cerdo; y, nuevamente, del cerdo al hombre; pero ya era imposible distinguir quién era uno y quién era otro».
Las imágenes del aniversario dejaban en el aire la duda de si la revolución Verde está perdiendo fuerza o de si, en el fondo, los iraníes saben que, «quizás no sucediera durante la existencia de la actual generación de animales», pero el cambio llegaría.
1) El único patrimonio del periodista es su buen nombre. Cada vez que se firma un texto insuficiente o infiel a la propia conciencia, se pierde parte de ese patrimonio, o todo.
2) Hay que defender ante los editores el tiempo que cada quien necesita para escribir un buen texto.
3) Hay que defender el espacio que necesita un buen texto contra la dictadura de los diagramadores y contra las fotografías que cumplen sólo una función decorativa.
4) Una foto que sirva sólo como ilustración y no añada nada al texto no pertenece al periodismo. A veces, sin embargo, una foto puede ser más elocuente que miles de palabras.
5) Hay que trabajar en equipo. Una redacción es un laboratorio en el que todos deben compartir sus hallazgos y sus fracasos, y en el que todos deben sentir que, lo que le sucede a uno les sucede a todos.
6) No hay que escribir una sola palabra de la que no se este seguro, ni dar una sola información de la que no se tenga plena certeza.
7) Hay que trabajar con los archivos siempre a mano, verificando cada dato, y estableciendo con claridad el sentido de cada palabra que se escribe. No siempre, sin embargo, los diccionarios son confiables. Dos de los mejores que conozco, el de María Moliner y el de la Real Academia, sólo corrigieron en 1990 la vieja definición de la palabra día. Hasta entonces, seguían dándola como si aún viviéramos bajo el imperio de la Inquisición. Día, se podía leer, es el espacio de tiempo que tarda el sol en dar una vuelta completa alrededor de la tierra.
8) Evitar el riesgo de servir como vehículo de los intereses de grupos públicos o privados. Un periodista que publica todos los boletines de prensa que le dan, sin verificarlos, debería cambiar de profesión y dedicarse a ser mensajero.
9) La clase política, la clase empresaria y, en general, los sectores con poder dentro de la sociedad, tratan de impregnar los medios con noticias propias, a veces añadiendo énfasis a la realidad. El periodista no debe dejarse atrapar por las agendas de los demás. Debe colaborar para que el medio cree su propia agenda.
10) Hay que usar siempre un lenguaje claro, conciso y transparente. Por lo general, lo que se dice en diez palabras siempre se puede decir en nueve, o en siete.
11) Encontrar el eje y la cabeza de una noticia no es tarea fácil. Tampoco lo es narrar una noticia. Nunca hay que ponerse a narrar si no se está seguro de que se puede hacer con claridad, eficacia, y pensando en el interés de lector más que en el lucimiento propio.
12) Recordar siempre que el periodismo es, ante todo, un acto de servicio. El periodismo es ponerse en el lugar del otro, comprender lo otro. Y, a veces, ser otro.
El escritor y periodista argentino murió esta semana en Buenos Aires. Vivió el periodismo "a tiempo completo". (Leer más)
«El mérito recae exclusivamente en el hombre que se halla en la arena (…), el que lucha con valentía, el que se equivoca y falla el golpe una y otra vez», pronunció el presidente de los Estados Unidos, Theodore Roosvelt, en un discurso en Paris titulado «El Hombre en la Arena». Es el eterno oxímoron de Samuel Beckett: «Da igual. Prueba otra vez. Fracasa otra vez. Fracasa mejor».
La última película de Clint Eastwood, «Invictus», lo intenta. Un drama poético que, sin ser ni de cerca brillante, supera con creces a muchas de las películas con quien comparte cartelera. Escenifica la apuesta de un presidente, Nelson Mandela, y de un país, Sudáfrica, por unos ideales.
Mandela se propuso unir a unos blancos, aún déspotas, y a unos negros, aún resentidos, usando como baza la pasión compartida por el rugby, en un contexto marcado por el «apartheid».
Irreal pero no falsa
En una historia tan real, puede que no todo necesite ser estrictamente verídico. Eastwood se permite una licencia poética en la escena en la que el presidente entrega al capitán Piennar un poema. Se trata de «Invictus», escrito por William Ernest Henley en 1875 y publicado trece años después. Durante los 27 años que Mandela pasó en la cárcel, ese poema fue un apoyo. La escena podría ser lícita. Pero los hechos no ocurrieron así. Lo que Mandela entrega al capitán para reforzar su moral, para invitarlo a creer y a ganar, es un extracto del texto de Roosvelt. «El que cuenta es el que de hecho lucha».
Pero, ¿importa si fue o no real? A veces las palabras —las de Roosevelt, las de Henley, las de Beckett— llegan en el momento oportuno; son el impulso necesario. Y amarlas es encontrar el mejor modo de usarlas; transformarlas para que a cada uno le sirvan para hallar sentido, incluso cuando no lo hay. Da igual qué ocurrió. También Eastwood es el amo de su destino; el capitán de su alma.
Tras doce días participando en las labores de emergencia en Haití, el médico Prados llega a ABC para contar cómo ha sido su experiencia
Verdes, los pacientes leves. Amarillos, los intermedios. Rojos, los muy graves, los que tenfrán prioridad a la hora de ser atendidos. Y azules… «Claro, a ellos nos les podíamos decir que eran azules…», explica el médico. Azules, aquellos que están tan graves que las probabilidades de que sobrevivan son demasiado bajas. No hay tiempo para intentarlo. Negros, los muertos.
En este código de colores, los médicos desplazados hasta Haití clasifican a los pacientes. Con esta paleta van estableciendo prioridades de cara a atenderlos: «son muchos y los recursos están muy limitados». Así lo explica el Jefe del departamento de protección civil del SAMUR del Ayuntamiento de Madrid, Fernando Prados Roa.
Hace apenas una semana regresó de Haití, donde el terremoto que asoló Puerto Príncipe el pasado 12 de enero ha provocado casi 200.000 muertes. Allí, junto a otros nueve profesionales sanitarios, ha participado, durante doce días, en labores médicas de emergencia.
—¿Qué es lo primero que hace un equipo de emergencia al llegar a una catástrofe?
—Lo primero fue aterrizar. La torre de control no funcionaba y eran los norteamericanos los que nos daban instrucciones de quiénes podían y quiénes no. Dentro de lo que cabe, no nos fue mal. Sólo tuvimos que esperar 45 minutos. Nosotros ya habíamos contactado con los cascos azules de la ONU. Ellos estaban instalados en el aeropuerto y nosotros hicimos lo mismo. Lo primero era buscar donde actuar. Para eso cogimos a un chofer y le dijimos que nos llevara a los hospitales. Nos quedamos en el primero que vimos, el de «La Paz».
—¿Cómo era una jornada de trabajo en Haití?
—A las seis de la mañana, los cascos azules nos llevaban al hospital. En teoría, a las seis de la tarde nos teníamos que volver al aeropuerto, aunque al final, solíamos retrasar el regreso hasta las ocho, ya que había pacientes que sabíamos que si no los atendíamos, al día siguiente ya no iban a estar vivos. Traían a los heridos ayudándose de cartones y restos de puertas. Así que, en colaboración con un grupo de médicos cubanos, clasificábamos a los heridos por colores, y los atendíamos según sus necesidades. No había tiempo ni de tomar la tensión, todo el trabajo era siempre muy precipitado. La obsesión era atender al máximo de pacientes posibles.
—¿Cómo reaccionaban los pacientes ante esa organización?
—Al principio todo era muy caótico; curiosamente, una réplica del terremoto, ocurrida al segundo día de estar allí, provocó que, quizás por miedo, los familiares se llevaran del hospital a muchos de los pacientes. Aquello nos sirvió para poder organizarnos mejor. Los pacientes eran absolutamente obedientes y entregados, intuían que sus vidas estaban en nuestras manos.
—¿Os encontrábais con muchos casos en los que fuese necesario amputar?
—Sí, los haitianos están muy predispuestos a hacer torniquetes; esto provocaba muchos casos de necrosis y gangrenas que desembocaban en que la amputación de las extremidades fuese la única solución para salvar la vida del paciente.
—¿Qué particularidades tenía la atención hacia los niños?
—A partir del cuarto día, montamos tiendas de campaña en las afueras del hospital para poder atender mejor a los niños. Nos ayudaban un grupo de monjas, las hermanas de la Caridad de San Vicente Pau. Por otro lado, a partir del tercer día, empezamos a tener nacimientos. El primer parto que tuvimos fue por cesárea; la madre venía enferma y pensamos que no sobrevivirían. Y, sin embargo, madre y niño salieron perfectos. Esas vivencias eran la parte más agradecida de nuestro trabajo.
—¿Cómo era la actitud de los propios haitianos?
—Parecía una ciudad pseudofantasma. La gente vagaba, caminaban pero sin ninguna dirección. Incluido los médicos haitianos. La primera vez que vi a un médico haitiano por el hospital, pensé que sería una ayuda; después me di cuenta que deambulaba desorientado. No miraba a ningún paciente. Supongo que también era comprensible. Además de médico, era persona, y también habría perdido a sus allegados. Estaban todos muy afectados.
—¿Cómo se vivían los casos en los que, de pronto, salían personas con vida tras varios días atrapadas entre los escombros?
—Era emocionante. Fue, por ejemplo, el caso de una niña de dos años. Su madre la había dado por muerta y en la propia desesperación, empezó a gritar su nombre. Y la niña se movió. Llevaba seis días bajo los escombros. Llegó al hospital completamente deshidratada, inmóvil, y a las tres horas ya se movía. No sé si será genética, selección natural… pero sobrevivió.
—¿Qué opina de la polémica con los médicos que se sacaron fotos festivas en Haití?
—Hay que ser muy prudente cuando se está en una situación así, pero tampoco hay que descontextualizar. El medio no debía haber publicado esas fotos. Es cierto que, vista desde aquí, la actitud que tuvieron pudo resultar irrespetuosa; pero hay que ser benevolente. Probablemente esos médicos están haciendo una labor extraordinaria y aquello era sólo un momento de desahogo. Seguro que están ayudando mucho más que aquellos que los criticaron.
—¿Qué considera lo primordial a la hora de acudir a una emergencia sanitaria?
—Bueno, es esencial ser autónomos, que el grupo sea capaz de autogestionarse. En nuestro caso, lo único que no llevábamos era el oxígeno, que no te dejan llevarlo en el avión. El personal médico que acude a catástrofes tiene que ser capaz de trabajar con lo que el grupo lleve. Lo mismo ocurre, por ejemplo, con la comida. Es necesario que los equipos de ayuda lleven alimentos para autoabastecerse. Con nuestros dólares y nuestros euros sería muy fácil comprar allí comida, pero eso provocaría que los haitianos se queden sin sus recursos.
—¿Notaron diferencias en el modo de trabajar de los haitianosrespecto al de los españoles?
—Se notaba mucho, por ejemplo, en la percepción del dolor. Una obsesión nuestra era que los niños no sufrieran. Ellos ni siquiera se planteaban usar analgésico. Nosotros intentamos hacer nuestro trabajo lo mejor posible, pero no podemos olvidar que no vamos allí a imponerles un modo de trabajar, ni de vivir, ni de hacer las cosas. Vamos a liberarlos de trabajo en un momento puntual, a intentar ayudarlos; pero, después, nosotros nos volvemos y ellos, los haitianos, se quedan allí.
- Mi madre me ha dicho que los periódicos son de los partidos políticos -dice Paz, de doce años.
- No exactamente -intento explicarle.
- Pero mi madre me ha dicho queEl Países de Zapatero.
- Los periódicos no son ni de los partidos ni de los políticos, lo que pasa es que sí que tienen una ideología; vamos, que sí que están más de acuerdo con unos partidos que con otros.
- ¿Entonces El País es de izquierdas? -pregunta la pre-adolescente.
- Digamos que dentro de los que hay, es el más de izquierdas.
- Y si El País es de izquierdas y El Mundo es de derechas, ¿dan noticias diferentes?
- Bueno, o dan diferentes versiones de la misma noticia.
- Pero, ¿el periodismo no es objetivo?
- La objetividad en el periodismo no está tan clara...
- Entonces, ¿los periódicos dan su opinión?
- Bueno...
- Pero si nos acabas de decir que si escribíamos un artículo para el periódico del cole, no podíamos dar nuestra opinión sino ser objetivos y dar sólo información... entonces, no escribimos como en los periódicos de verdad...
- Tenéis que intentar escribirlos sin opinar porque...
- Vosotros sabéis manejar vuestra libertad, nosotros no -dijo plenamente convencido Giani, marcando la diferencia entre ellos, italianos, y nosotros, españoles.
- Nosotros -prosiguió- necesitamos a alguien que nos guíe, que nos marque el camino... como hizo Mussolini.
- ¿Cómo?... ¡Venga ya! -protesto yo- No me puedo creer que estés diciendo eso.
- No me entiendas mal -intentó justificarse- no es que esté a favor de Mussolini, pero con él ha sido con la única persona con que Italia fue bien... Y así pensamos la mayoría de los italianos.
- Eso es lo que dicen en España los abuelos que defienden que con Franco se vivía mejor y más seguros -replico yo-, pero tú, que tienes 22 años, y que no sabes de Mussolini más que lo que te han contado...
- Tú no lo entiendes porque eres española... Pero a los italianos no nos gusta Berlusconi porque no es listo, Mussolini sí lo era. Nosotros no queremos libertad porque no sabemos manejarnos con ella. Y tampoco queremos a Berlusconi.
-Los italianos habláis mucho y después no hacéis nada. Sólo protestáis.
- Es cierto, pero tú no lo entiendes, no eres italiana.
Ser periodista, una obsesión.
"Escribo para definirme", repetía Susan Sontag. Algo así, añado.
Hace años que aprendí que era la escritura la que me poseía a mí. Curiosa... Obsesiva (ya avisé)... Vagabunda...
Aprender, continuar, sentir...
Periodista... Sí... Vocacional... Un sueño, una realidad... Ummm...
gardeu@gmail.com
Dubitativa por naturaleza, tenía algo claro: NO haría un máster cuando acabara la carrera. Este verano, mientras estudiaba la última asignatura que me quedaba para licenciarme en Periodismo en la uc3m, si pensaba en mi futuro inmediato, me veía en cualquier lugar, excepto en Madrid... No sé muy bien cómo acabé matriculándome en este máster ABC-UCM... pero aquí estoy... cursando un máster "experimental" en el que he entrado con una buena dosis de motivación, en una ciudad que no me convence demasiado, pero que está llena de posibilidades... Minería digital, herramientas narrativas, escritura y verdad, participación ciudadana... Así se llaman algunas de las asignaturas... Estamos todos expectantes... Éste, desde hoy, será mi Blog del máster, el espacio para colgar prácticas, reflexiones, ejercicios... ¿periodismo? A eso aspiramos... Adelante, mis valientes!!!
Sin fotografías. Cambio de ciclo.
-
Este curso, 2013/14, ha estado marcado por la *fotografía*. Mi vida, en
general, siempre ha estado muy relacionada con las imágenes. Me recuerdo
haciendo...