martes 15 de diciembre de 2009

Ya no se hacen películas como las de antes...

Había una vez un hombre...
que se hizo un blog y empezó a escribir en él críticas de cine. Y es que el cine le gustaba mucho... Un día, de pronto, llamaron al hombre los de la Butaca y le propusieron sumarse al plantel de críticos. El hombre aceptó y, así hizo, de su hobby, un trabajo.
Luego fue pasando el tiempo... Mientras, el hombre siguió también en su trabajo, un periodista entre libros y libros y libros... Y como era un poco inquieto, empezó también a salir en la tele y a hacer un programa de radio...
Y así, como le pasan a él las cosas, de pronto un día le llaman para ofrecerle que publique sus críticas en un libro. Pero no es cuestión de oportunismo ni de casualidades, ni de tener la suerte de su parte, sino más bien, de perseverancia, optimismo y voluntad, de trabajar mucho y del que vale, vale, y él sabe de cine más que nadie.
Aunque él, como sin darle importancia, lo cuente así:
"Pues sí. Y tiene el corto y contundente título de Ya no se hacen películas como las de antes... pero no importa. 154 razones para seguir teniendo fe en el cine, y me lo publica la editorial Laria. Se trata de una antología de críticas publicadas, en su mayor parte, en LaButaca.net, y unas pocas en el blog."
Pero luego, el hombre reconoce la ilusión que le hace su primer libro (primero que yo sepa, pero a saber), y te lo imaginas como el niño el día de Reyes desenvolviendo regalos: "El viernes tuve en mis manos el primer ejemplar, y os puedo asegurar que fue una experiencia muy emocionante...", cuenta en su blog.

El libro puede solicitarse en cualquier El Corte Inglés; también en la librería Ocho y Medio de Madrid (Martín de los Heros, 11); o bien on line en esta web.

Ah, bueno, el hombre en cuestión se llama Miguel Ángel Delgado (Michel para los amigos) y su libro puede ser el regalo perfecto para estas Navidades...
Por cierto, ¡¡fue Máster ABC (en la promoción... ¿96?...)!! (y no solo logró sobrevivir al máster, sino que fue una gran experiencia)

YA NO SE HACEN PELÍCULAS COMO LAS DE ANTES... PERO NO IMPORTA
154 razones para seguir teniendo fe en el cine
Miguel A. Delgado
Editorial Laria, 2009
ISBN 978-84926001-2-0
PVP: 20€

lunes 14 de diciembre de 2009

Creer

"Todos creemos en algo hijo. Unos en unas cosas, otros en otra. El pájaro, los geranios, o las piedras del río no creen en nada, pero las personas sí, todos creemos. Ese cantante tan famoso que fue al Café cree en la música; si no, no hubiera podido cantar como lo hizo aquella noche. El tío Luis cree en la fuerza, en su oficio, en sus chicos. Hasta en las comidas que la tía le prepara. Tu padre creía en la República y luchó por ella, luchó y perdió; lo pagó muy caro, pero eso es lo de menos, aunque duela tanto. Lo de más es que luchó por lo que le parecía justo.
Que tú dejes de creer en algo de lo que te enseñaron de pequeño es normal, la vida no se detiene por ello; te quedarás vacío un tiempo, y luego descubrirás cosas nuevas en las que pondrás tu confianza, y alguna, ya lo verás, te hará entender mejor todo esto. Deja que pase el tiempo y no te preocupes más, yo estoy aquí, contigo."

jueves 10 de diciembre de 2009

Larra en diciembre


EL duende satírico del día, de Mariano José de Larra

La Bibliteca Nacional dedica diciembre a Mariano José de Larra a través de la Pieza del mes, donde se verán los inicios periodísticos, con 19 años, del autor.


Hoy a las 18.30 horas, Mª Dolores Rodríguez Fuentes, Jefe de Servicio de Gestión de Colecciones de Publicaciones Seriadas de la Biblioteca Nacional, dará una conferencia llamada: El inicio frustrado de Larra como periodista.
Se mostrarán cinco cuadernillos que forman parte de la obra del periodista, publicados a lo largo del año 1828 en cuatro imprentas distintas y costeados por el propio autor. Son los siguientes: 

Primer cuaderno: Diálogo. El duende y el librero y El Café.
Segundo cuaderno: Una comedia moderna: treinta años o la vida de un jugador.
Tercer cuaderno: Corridas de toros.
Cuarto cuaderno: Un periódico del día ó el Correo literario y mercantil.
Cuaderno quinto: Donde las dan las toman.

miércoles 9 de diciembre de 2009

Leer los periódicos

He perdido la cuenta de las veces que, durante la carrera, algún profesor, en tono imperativo, nos ha repetido: "Leer los periódicos". Y aún hoy, acabada la carrera, nos lo siguen repitiendo incesantemente.  El último, hace diez minutos. "¿Cuántos periódicos leéis al día?", nos ha preguntado. El ABC ha dado pleno, era el único que leíamos todos. Eso sí, sólo desde hace dos meses.
Los profesores argumentan que para ser periodistas debemos tener mil ojos y estar atento a todo lo que ocurre a nuestro alrededor, y, para ello, debemos empezar leyendo: leyendo la prensa, la propia y la competencia, leyéndola con ojos de periodistas... También nos dicen que leyendo buenos artículos aprendemos a escribirlos, vamos, que "se nos pega".
Pero no hacemos demasiado caso y no los leemos, o los leemos a regañadientes, sin disfrutarlos, medio obligados.
Escribo en el intermedio entre la asignatura de "Escritura y verdad" y la de "Relaciones internacionales". Cuando, en media hora, el jefe de internacional venga a mandarnos prácticas de Somalia y hablarnos de Copenhague, lo primero qué nos preguntará es si nos hemos leído la sección de Internacional. Nos la habremos leído, pero sólo hoy; mañana nos dará pereza.
¿Por qué si nos gusta el periodismo y durante cinco años de carrera nos han repetido mil argumentos para que leamos la prensa no han conseguido que la leamos?

Recuerdo unas prácticas en las que la parte que más me gustaba de la jornada era llegar a la inmensa redacción, observar, una al lado de la otra, las portadas de todos los periódicos, y recoger un ejemplar de cada uno de ellos para pasarme la mañana leyéndolos. No hice demasiado en esas prácticas pero leí la prensa más que nunca. También es cierto que venía motivada de los meses anteriores.
Durante unos cuantos meses en el penúltimo año de carrera, lograron motivarme de tal modo que devoraba la prensa. Volvía de la facultad cargada con los ejemplares del día anterior, me sentaba después de cenar en el sofá, con mi gato ronroneándome sobre la falda, con bolígrafo y tijeras, y me leía todos los periódicos. En algunos, mi lectora precedente, de la que heredaba todos los periódicos, me había dejado anotaciones, llamadas de atención, y el hecho de saberlo y buscarlas, aumentaban aún más mi interés por leer aquellos periódicos. Realmente, los leía con devoción.

Cuando llegamos al máster por la mañana, nos dan a cada uno un ejemplar del ABC. A lo largo del día, lo voy hojeando. En días como hoy, con clases, me detengo en Internacional. Pero por lo general, Cultura y Local son las secciones en las que más me recreo. En otros periódicos, también Sociedad, pero en éste no, ya que esa Sociedad podría llamarse aquí Religión y Monarquía, que son los únicos temas que trata. Nacional y Economía las leo atendiendo a las recientes clases de Política y a aquellas prácticas en las que leía periódicos. La de Deportes la paso.
Intento echar un vistazo a los demás, pero tenemos un ejemplar para los quince y, mientras nadie abre Expansión, El País, antes de media mañana, ya ha desaparecido. Alguien lo roba...
No es tan fácil encontrar tiempo para leer los periódicos con el detenimiento que deberíamos, y la pereza no es buena aliada, pero, al menos nosotros, que nos dedicamos a esto, deberíamos ser capaces de encontrar ese tiempo, y sobre todo, de creernos realmente que leer los periódicos nos va a servir para algo. Los profesores siguen repitiéndonoslo pero no consiguen motivarnos. Pero yo sé, porque hubo un pasado en que así fue, que algunos lo consiguen. Y nos enseñaron, y algo queda, a disfrutar -y mucho- leyendo los periódicos.

martes 8 de diciembre de 2009

Descripción

En el techo, destartalada, una luz artificial y amarilla constantemente encendida. Sobre el suelo, de un parqué que nunca está limpio, pañuelos de papel, unas babuchas y una papelera naranja, del mismo color que las paredes. Entre el techo y el suelo, la vida, o eso espera.

En una esquina, un armario blanco decorado con un mapa del mundo, los lugares a los que nunca viajará. Una hoja de calendario llena de anotaciones, de citas impuestas. El cartel que anuncia un espectáculo de baile: promesas, anhelos.

El armario no cierra, está repleto de ropa descolorida, de zapatos con las suelas despegadas. Se entreven accesorios inútiles y cuadernos amontonados. Sobre el armario, una montaña de libros en los que buscar otras vidas, donde olvidarse de la propia. Se hayan también sobre él, la esterilla de un gimnasio al que nunca fue, el casco de una bici que nunca monta, un montón de CD´s repetidos, los mismos que suenan, en ese momento, por el ordenador, situado en la mesa.

La mesa está pegada a la otra pared, es de madera y, sobre ella, se desperdigan bolígrafos sin tinta, rotuladores y pastillas para el dolor de cabeza. Un ordenador que le cuesta encenderse y un teclado que tiene vida propia. Manchas verdes en la mesa indican un pasado desconocido.

Un sillón de cuero negro protesta por no encontrar su sitio, la habitación es minúscula y no puede ejercer su función de asiento delante de la mesa. Así que se conforma con ejercer de cómoda y, obstruyendo el paso, detrás de la puerta, servir de soporte de mochilas, bolsos y ropa amontonada.

La cama no es individual pero tampoco de matrimonio, tiene esa medida absurda que no es ni lo uno ni lo otro, como no podía ser de otro modo. Una colcha a cuadros, retazos del pasado que quedó atrás, y un par de cojines hambrientos.

Nada es lo que parece y la rejilla de un verdulero hace las funciones de una mesilla de noche. Más libros, más cuadernos, más pañuelos, más desorden. Un reloj que suene a las ocho y le saque de las pesadillas. Una lámpara negra. Unas gafas. Objetos varios, objetos inútiles.

Una ventana que no ejerce de ventana, un muro que se alza acabando con la útima esperanza de que entre algo de luz y demasiadas imágenes decorando las paredes. Fotografías y cuentos. Poesías que dejaron de tener el significado primario. Y la habitación descrita, lugar de encierro, es, al mismo tiempo, la mayor cárcel y la más efectiva liberación.

domingo 6 de diciembre de 2009

Insurrección

¿Dónde estabas entonces cuando tanto te necesité?

viernes 27 de noviembre de 2009

Corresponsales en Madrid



"Los viajes permiten huir de todo... quizá son la última bienaventuranza que nos queda al alcance de la mano: el último impulso romántico".
En pro de motivarnos y darle un impulso al periodismo local, nos han encargado ser "corresponsales en Madrid". Nos han dividido por distritos y nos han planteado que nos lo tomemos como si el distrito asignado se tratase de un país del que debemos cubrir todo lo que acontezca. Nos han aconsejado que localicemos comisarías, centros de salud, asociaciones de vecinos y otras posibles fuentes, pero que, principalmente, paseemos por nuestro barrio con los ojos muy abiertos.
Igual que al viajar, cuando nos adentremos en nuestro espacio, debemos olvidarnos de ideas preconcebidas y prejuicios, debemos mirar más allá, más allá de todo, y estar abiertos a aquello cuánto acontezca, ser los omnipresentes observadores, palpar, sentir...
Sin embargo, cuando entre los compañeros hablamos, a la emoción del descubrimiento le anteponemos el miedo, la duda  a lo desconocido, la incertidumbre de no saber cómo introducirnos, cómo empezar a informar, cómo oler, ver, saborear, tocar y oír nuestro distrito. Esas son las ideas que estos días vuelan por el máster y, por ello, andamos preguntando a todos los profesores, pidiendo consejos a los periodistas locales y olvidándonos de que en el descubrimiento que se nos presenta existe la posibilidad de aprender, de sacar el viejo impulso de los viajeros románticos.

Mi distrito a cubrir es el Madrid centro, desde Embajadores a Bilbao, desde el Manzanares al Prado. Al lado de postales y suspiros, en mi habitación, he colocado un callejero, he señalado lugares, posibles fuentes, calles... y lo observo mientras me preparo a introducirme, a dejarme seducir.
Pero en la novedad siempre resta algo del ayer, y en el descubrimiento siempre está la base de un pasado, y alejar ideas preconcebidas como nos han aconsejado es más difícil de lo que parece. Así que me detengo y observo la pared de mi habitación y entre postales y mapas, palpa la idea del viaje como huida y en letras enormes, para que no se me olvide, sigue viva aquella frase que cuando la escuche, hace casi dos años, supe que ya nunca me la quitaría de la cabeza, como si se tratase de las cadenas de las que no podemos desprendernos.
Me abro a descubrir, pero gana la desconfianza. El prejuicio de saber que todo nuevo conocimiento y nueva vivencia tiene su precio, precios a menudo demasiado caros, y para los que a veces no nos queda más remedio que declararnos insolventes. Descubrir, como viajar, puede ser muy duro. Y me vuelve a encadenar, a perseguir la frase, el miedo, la vulnerabilidad, el saber que descubrir, que "viajar es el más terrible de todos los pecados".